viernes, 27 de noviembre de 2020

Rechazos

Trato de entender qué ocurrió y si, una vez más, fui yo el error. Y ojalá que no, porque me destrozaría serlo. Hay rechazos que duelen más que otros, y el tuyo fue el que más me dolió sin lugar a dudas; a veces lo que más nos lastima es aquello que no sabemos, y a día de hoy sigo sin comprender lo que ocurrió. Duele más imaginar los vacíos que dejaste en mi interior, mis palabras me destrozan, y eso es algo que jamás te voy a perdonar. El que dejases a mi cargo comprender algo que se me escapa y que tan solo tú podrías calmar. Me has hecho pensar que hay algo mal en mí, que no valgo la pena y que allá fuera nadie me va a elegir. Hay heridas que no me cierran y que escuecen a día de hoy, a pesar de que te marchaste hace meses. Por eso quiero dedicarte estas palabras, para decirte que me has hecho daño, que me cuesta amarme, amar y dejarme amar; pero estoy convencida de que algún día seré capaz de decir que el error no fui yo, fuiste tú. Y no solo lo diré, me lo creeré. Al final, es la verdad. 

Nos separa un mundo entero

Una vez, hace mucho tiempo, pensé que estarías en mi vida siempre. Yo tampoco sé qué pasó. Ahora somos dos extraños que, irónicamente, se extrañan. O, al menos, eso es lo que hago yo. De repente se me viene a la mente un momento que vivimos, palabras que dijiste o simplemente pasa algo que me recuerda a ti. Y tengo muchas ganas de contártelo, pero no lo hago; no porque no me vayas a contestar, sé que lo harás, sino que porque me aterra la idea de que lo hagas y ya no sea igual. Porque los dos sabemos que no lo será, que lo que tuvimos fue hermoso, pero ya fue. Y me dolerá eternamente que entre nosotros no quepa la oportunidad de hablar en presente o en futuro. Y me reprenderé por siempre el haber permitido que hayamos llegado hasta aquí, que no sea capaz de escribirte todo lo que siento ni por tu cumpleaños. Ojalá nunca tengas que leer aquella carta que te escribí, aquella que dije que solo leyeses en caso de que me perdieses. Sin embargo, a pesar de seguir aquí, siento como cada día me voy alejando más; y eso que los kilómetros nos separan un mundo entero. Pero una vez nuestros corazones estuvieron unidos y, para mí, siempre habrá lugar para ti y nuestra amistad. 

Nadie me ve

¿Ves lo mismo que yo? 
O quizás tú también pienses que no soy más que un cuerpo vacío. 
Y puede que tengas razón, que todos la tengan. 
A veces hasta yo me pregunto si vale la pena. 
Si yo valgo la pena. 
Y, muchas de esas veces, la respuesta es que sí.
Pero hay otras tantas en las que no. 
Tampoco tengo a quien preguntarle. 
Me decepcioné tanto con la vida, que al final hasta esta acabó por dejarme. 
Por eso ahora tan solo sobrevivo. 
Porque ni vivir sé. 
Y por más que me esfuerzo, parece que el vacío es lo único que me queda. 
Así que lo abrazo en cuerpo y alma. 
Y ahora ya nadie me ve. 

Ya no sé escribir

Ya no sé escribir. Dicen que la magia reside en las palabras de aquellos que tienen algo que contar y, por desgracia, hace tiempo que en mí tan solo habita el vacío. Ya no fluyen las letras, no creo abecedarios ni narro historias; ahora, cuando lo intento, solo está el eco de un lugar en el que no queda nadie ni nada. A veces me pregunto qué se sentía, porque ya se desvanecen hasta los recuerdos. Veo marchar cada gota de inspiración ante un suspiro lastimero de aquel que no puede evitarlo. Ahora me tengo que detener a pensar, cuando antes lo único que hacía era dedicarle un vistazo a las palabras que habían formado mis dedos. Ya no fluye la magia dentro de mí, y lo que más me duele es que puede que ya no vuelva jamás. Me asusta ser un cuerpo vacío, alguien que no tiene nada que contar. Y, sin embargo, aquí estoy; intentándolo una vez más. 

lunes, 19 de octubre de 2020

Último beso

Nunca me ha gustado mostrar mis sentimientos, pero tú tenías ese algo que hacía que me abriese a ti. Me dabas la confianza de quien sabe que allí bajo tus manos mi corazón iba a estar a salvo. Así que lo hice, decidí lanzarme a por todas y ser completamente vulnerable, a pesar de que me avisaron que no era una buena idea, que debía protegerme. Pero estaba cansada de ser una princesa encerrada a la espera de que un noble caballero se mereciese mi corazón; quería saltar de la torre y luchar hasta desangrarme, y fue allí en medio de la batalla donde lo vi. Tenía la sonrisa más bonita que había visto jamás y enseguida supe que me haría trizas en unos segundos. Sin embargo, aquel apuesto luchador lanzó su espada por los aires y, en un gesto que me pilló por sorpresa, me dijo que a él le inspiraba la misma sensación de amor. Entonces me atrajo hacia sí y me besó. La noche se inundó de estrellas y de luciérnagas que me iluminaron durante todo el camino de vuelta a la torre con la sonrisa más grande que se pueda tener. Y me fui sin saber que aquel beso fue nuestro último adiós. 

Me miras, pero no me ves

Me miras, pero no me ves. 
Envuelta en mil personas
recorro las calles del revés.
Y ahí estás tú otra vez. 
Te sonrío, me miras y te vas, 
¿por qué no te puedes quedar? 
Siempre tienes prisa, 
de aquí para allá.
Así que te sonrío una vez más. 
Y juntos recorremos el camino, 
aunque a la par, sin mirar hacía atrás.
Esta vez me miras, pero de verdad. 
Por primera vez me ves. 
Caminamos la misma ruta de siempre, 
pero se siente tan distinta
ahora que me estás mirando. 
Así que me sonríes. 
Te sonrío. 
Y ahora ya sé que, en realidad, 
siempre me ves. 

viernes, 16 de octubre de 2020

Nuestra canción

Vuela en el silencio de la noche la banda sonora más estruendosa vista jamás, dirigida por el sonido de los latidos de mi corazón. Laten al son de tu respiración, tan irregular que a veces no sé si seré capaz de mantener el compás, pero tu mano guía a la mía hasta tu pecho, para que pueda palpar con todos mis sentidos que tu corazón se mantiene en una constante muy parecida a la mía. De manera que los dos van a la par, así como mi respiración se ha adaptado a la tuya. Acelerada, pausada, lenta, rápida, pesada. Suspiras y suena como tambores dentro de la melodía de nuestra canción, que ha cambiado violines por baterías y a guitarras por trombones. Y de esta manera se nos escucha por toda la nación, como la canción de amor más incoherente que existe. Pero así somos nosotros dos, un estruendo caótico capaz de levantar a todo un vecindario con el vendaval de nuestro amor.

domingo, 4 de octubre de 2020

La belleza de su sonrisa

A veces me pregunto si ella es capaz de verse tal y como es. Hay días en los que su imagen encaja con la descripción que tienen los demás de ella, y otros en los que no hay quien la convenza de la belleza que representa su rostro. ¿Verá que sus ojos cobran un brillo especial cada vez que sonríe? Y su sonrisa, su maldita sonrisa; esa capaz de quebrar muros tan altos como montañas y de hundir cualquier atisbo de duda que pueda habitar en el corazón de alguien. Cuando ella te mira así, con esa sonrisa que refleja la belleza de su alma, no hay lugar para dudas, solo certeza. Y no hay nada más cierto que la hermosura de su rostro, el cual es un mero representante de la pureza de su corazón. 

sábado, 26 de septiembre de 2020

Elígeme cada día

He vuelto a sonreír. Anoche me fui a dormir con una sonrisa entre los labios y quería gritarle al mundo que por favor no pare. Que esta sensación no se vaya nunca. Que ojalá me hagas sentir así cada día, cada vez que me hablas, cada vez que pienso en ti. Y que no me dejes, no te vayas como han hecho conmigo durante toda mi vida; necesito a alguien que esté aquí cada maldito día. Y que me haga feliz. No quiero perder la sonrisa de boba, las mariposas en el estómago y la bendita sensación de que me estoy enamorando de ti. Así que quédate conmigo y, por favor, sigue escogiéndome a mí. Sé que es difícil, que allí fuera hay todo un mundo de personas, pero si tú te quedas conmigo, te prometo que yo siempre me quedaré junto a ti. 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Dolor

Estoy agotada de pedir ayuda y no ser escuchada. De romperme la garganta a gritos de auxilio que acaban en la nada. Me duele la indiferencia con la que se me trata, a sabiendas de que si mi enfermedad se viese a simple vista no me abandonarían tan pronto. Pero mi dolor no se ve, ni se palpa. Mi dolor me destruye por dentro, como un veneno que actúa lentamente hasta llegar a mi corazón. Me duele el alma, y ni siquiera sabía que podía llegar a dolerme hasta eso. Me duelen las lágrimas silenciosas que recorren mis mejillas cada día, la angustia que se me acumula en el pecho y la soledad tan aplastante. Me duele que me dejen sola, que no me quieran, que no sea lo suficiente. Me duele que me duela todo esto. Que no sea capaz de salir de la cama, que me quiera morir. Que tan solo quiera acabar con todo de una vez, tal vez así esto acabaría de una vez; quizá no habría más dolor, ni sufrimiento. Me duele pensar en esto. Pero hay ocasiones en las que no veo otra solución. Y, sin embargo, lo sigo intentando. Lo hago por los que me quieren, por los que me incitan a seguir caminando. Pero son escasos y, la mayoría, se van. ¿Y a quién le extraña? Siempre dicen que soy la luz que los iluminó a salir de la oscuridad, aquella que estuvo en el peor momento y los ayudó a salir, ¿puedo culparlos por no querer sumergirse en la oscuridad por mí? Yo lo hice por amor, y ellos no lo hacen por la misma razón. Porque yo amo sin límites, sin importar que me hagan daño, dando todo lo que hay en mí. Y a mí me aman cuando les beneficia, pero no dudarían en abandonarme en cuanto les saliese una oportunidad mejor. Ya me ha ocurrido. Y no, no ha sido una vez. Ni siquiera dos, ni tres. Me ha ocurrido muchas veces. Es mi culpa, no soy lo suficiente. Jamás seré lo bastante lista, ni simpática, ni guapa, ni agradable. Jamás seré lo suficiente para que a pesar de todo me elijan a mí y solamente a mí, así como lo hice yo en su momento. Nunca me querrán como quiero yo, porque nadie está dispuesto a luchar hasta el final, a amarme sin reservas, de verdad. Así que esa es la única verdad. Nadie me ha querido, me quiere, ni me querrá. Y algún día, puede que más pronto que tarde, acabaré con todo esto; demasiado ahogada en mis propias lágrimas como para poder respirar. Y es que al final, como dijo Benedetti, solo espero que «ojalá nunca hayas leído nada de lo que te he escrito, porque me destrozaría saber que a pesar de eso no me has buscado».

Princesa en llamas

Suenan las campanas a lo lejos como aviso de que salgan del castillo. Los muros se vienen abajo. La guerra ha comenzado y el fuego arrasa con todo rastro de madera. Solo se escucha el bullicio de pasos apresurados por dejar el lugar atrás, gritos de terror y nombres que salen de bocas desesperadas. Todos huyen lo más lejos que pueden de allí. Y, sin embargo, la princesa se mantiene en silencio, atrapada en la torre. Nadie se ha acordado de darle la llave, y no hay ningún valiente caballero que esté dispuesto a salvarla. Así que allí, en lo más alto del reino, solo habita el silencio en medio del mayor caos. Si alguien hubiese girado la cabeza en su dirección, se habría dado cuenta de que tan solo con aquellas lágrimas que la princesa derramaba habría bastado para apagar las llamas del reino entero. Pero nadie la ve. Para ella no hay finales felices como los que se narran en los cuentos de hadas, no hay príncipes dispuestos a sacrificarse por ella, ni plebeyos enamorados que quieran ayudarla. El castillo se viene abajo y ella también. Acaba sepultada por las rocas que una vez la alzaron, carbonizada por el fuego que tiempo atrás poseía en su mirada y en su corazón. Y, sin embargo, ahora allí ya no queda nadie, ni nada. 

martes, 15 de septiembre de 2020

La luna y yo

Una vez más estamos a solas la luna y yo. 
Ella, tan brillante. 
Yo, tan distante. 
Ella, con su belleza única e imponente. 
Yo, que ni guapa ni diferente. 
Y, sin embargo, lo único que tenemos en común las dos es que ambas estamos completamente rodeadas y, a la vez, solas. 
A ella le dedican poemas y la contemplan con admiración. Un enigma que muchos tratan de resolver y del que están enamorados. 
Yo por mi parte no tengo tanta suerte. A mí nadie me dedica palabras de amor, ni me mira, ni quiere zambullirse en mi vida para descubrir lo que hay en mi interior. 
Ella se mantiene en lo alto. 
Y yo en lo más bajo. 
Ella desaparece por el día. 
Y yo me esfumo hasta en la noche. 
¿Por qué iba a importar de cualquier forma? Si nadie me ve. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Estoy cansada

Estoy cansada. Ya no me quedan energías para continuar. Siempre es la misma historia, así que ¿para qué seguir intentándolo? Recojo los pedazos destrozados de quien se encuentra en la más absoluta oscuridad, me dedico a amar hasta al más mínimo pedazo, uniéndolos poco a poco, sacándolos de la oscuridad. A cambio, durante todo el proceso me aman y me llaman la luz que los ha sacado de la oscuridad. Pero ya están fuera, no me necesitan, ahora ven y pueden caminar por ellos mismos y, en lugar de amarme y decidir llevarme con ellos, deciden dejarme atrás. Nunca saben darme una explicación de por qué lo hacen, me dicen que soy estupenda, y maravillosa. Y, sin embargo, continúan dejándome sola. Mientras me dedicaba a construir sus pedazos los míos se iban rompiendo, y yo no soy capaz de lograr colocar cada pieza en su lugar. Y nadie viene a ayudarme. Así que sí, estoy cansada. Agotada. Mi luz se apaga, está tan débil que ni siquiera creo que sea capaz de volver a iluminar. Pero a nadie le importa. Tampoco a mí. Estoy tan cansada que ya tan solo me quiero rendir. 

Rota en pedazos imposibles de amar

Hace tiempo que no me encuentro bien. Me despierto y solo pienso en volverme a dormir. Cuando por fin me levanto, no tengo fuerzas ni ganas de hacer absolutamente nada, ni siquiera aquellas cosas que antes me apasionaban. Lo dejo todo a medias, o simplemente al comenzar, porque no tengo ningún tipo de motivación para acabarlo. Lloro cada noche antes de irme a dormir y, durante el día, me dedico a aguantar las lágrimas. No tengo a nadie a quien contarle esto, ni a quien me comprenda, jamás me había sentido tan sola; tan angustiada. Por más que piense no se me ocurren palabras para describir la desolación que siento en mi interior, la tristeza que me embarga y la constante punzada de fracaso, soledad. Hay días en los que pienso que nadie me quiere y que, si me fuese, a nadie le importaría. El resto de días tan solo creo que me quieren, aunque no soy lo suficiente. Y lo entiendo, estoy tan rota que ya solo quedan pedazos imposibles de amar. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Carta de amor en una despedida

Hoy vuelvo a pensar en ti, como sucede cada día. Las noches son mi mayor momento de debilidad, donde más me apetece volver a dirigirme a ti. Pero no lo hago, excepto porque en realidad sí. Por eso te escribo esto, con la esperanza de que leas aquí todo lo que no puedo decirte. Que te echo de menos, que te quiero, que no quiero estar ni un día más sin ti. Ojalá gritarte que me abraces y no me dejes nunca, porque no quiero volver a separarme de ti. Me gustaría que me contases tu día, reírme con tus tonterías y llorar porque no puedo más con tanto amor hacia ti. Sin embargo, soy consciente de que las cosas no volverán a ser lo mismo, que ya me has dejado atrás y que no sientes lo mismo por mí. Ya no estás enamorado, ¿y quién puede culparte? Yo desde luego que no, después de todo es mi culpa que ya no quieras saber nada de mí. Y, a pesar de todo, es tu culpa que jamás volvamos a ser. Te escribo una vez más mis sentimientos con la esperanza que seas capaz de verlos a sabiendas de que ni siquiera te importo lo suficiente como para molestarte en hacerlo. Así que te digo adiós, porque más me duele el que seas consciente de lo que siento y no vengas a por mí, que amarte en silencio hasta morir. 

Una oportunidad para redimirnos

Me niego a pensar que todo fue una mentira. Que nuestras promesas y caricias solo debían durar un lapso de tiempo concreto, que ya no podían ser. Me niego a creer que nuestro momento ya pasó y ahora tan solo me dedico a vivir de nuestros recuerdos, atascada en un pasado que ya no volverá. ¿Consideras que debe ser así? Que es demasiado tarde para nosotros y las segundas oportunidades no existen, no al menos con nosotros. Me gustaría pensar que no, que algún día se alinearán los astros y volveré a tenerte frente a mí, que tendremos una oportunidad para redimirnos y esta vez lo haremos bien. 

jueves, 3 de septiembre de 2020

El infierno te ha reclamado

¿Así se siente una pérdida? Un día estás normal y, de repente, ya nada es igual. Me arde la garganta de frenar las lágrimas que, al final, corren libres por las mejillas. Tengo un nudo en el pecho que me impide respirar y, cada vez que intento dar una bocanada de aire, siento que me voy a ahogar. Cierro los ojos con fuerza, deseando que todo pase de una vez, pero lo único que logro es avivar tu rostro. Y eso quema. Quema tanto que en el infierno han reclamado tu presencia, pero tú no vas; porque huyes de todo lo que quiere que te quedes. Por eso no vuelves a mí, ahora que me tienes has decidido que no quieres que sea tuya. Me haces pensar que el único motivo por el que en el infierno te reclaman en realidad es porque eres el mismísimo Satán, de otra forma no quemarías hasta extinguirme. 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Mi mundo se oscureció

Estaba tan acostumbrada a los tonos del arcoiris que pintaban mi vida que jamás se me ocurrió que un día pudiesen desvanecerse. Todo comenzó cuando me hiciste daño por primera vez, aquella noche que lloré desconsolada mientras a ti no te importaba. Esa noche mi cielo perdió un poco de color. Fue peor cuando te perdí, aquel día en el que rompiste mi corazón y me trataste con tanta indiferencia, en ese momento mi mundo se oscureció. Y, sin embargo, no tenía ni la más remota idea de lo que pasaría al perderte por completo. Ahora que solo vives en mis recuerdos me han abandonado todos los colores, no se ha quedado ni el gris. Todo es insípido y, tras las tormentas, continúa lloviendo. A veces me pregunto si alguna vez volveré a ver el mundo como antes, pero la parte más sensata de mí sabe que no; que me has arrebatado la belleza de la vida, y ahora solo sé sufrir. 

La luna y la Tierra

Vuelvo a romperme en el silencio de mi habitación. La luna me observa desalmada y sé lo que está pensando; ella también está cansada de orbitar entorno a alguien. Y, sin embargo, es incapaz de dejar de hacerlo. Al igual que me es imposible dejar de pensar en ti. Te cuelas en mi mente en los momentos de desolación absoluta y tan solo tengo ganas de gritarte lo injusto que es que me hayas dejado sola después de prometerme no abandonarme nunca, de jurarme estar aquí siempre. Pero la Tierra es demasiado importante como para girarse a mirar a la luna, ¿verdad? Le promete mil estrellas a sabiendas de que no le dará nada, porque continuará ahí día tras día. Lo que la Tierra no sabe es que la luna se está marchitando, harta de sufrir derrotas y desalientos, de estar sola. Y algún día explotará. Puede que, en ese momento, tú también te des cuenta del error que supone perderme. 

martes, 1 de septiembre de 2020

Se está enamorando de mí

Dice que le vuelvo loco, que le encanta todo de mi cuerpo y que es en los momentos en los que piensa en mí en los que más cercano se siente de mí. Cuando le digo que no soy buena en nada me da mil motivos para derribar mis argumentos, por muchas veces que se lo siga diciendo, él no se da por vencido. Y, en los momentos en los que me hundo, no me deja ni por un segundo; no importa que sean las cuatro de la madrugada y se tenga que levantar pronto para ir al trabajo. Le da igual el mundo si con ello logra salvarme. Me ha contado que hacía años que no se sentía así, que se está enamorando de mí. Y a mí me aterra la idea de tener que enfrentarme al amor. 

lunes, 31 de agosto de 2020

Último adiós

Te cuelas en mis pensamientos cuando menos me lo espero; te escondes en recovecos en los que no esperaba encontrarte. Una canción que hacía meses que no escuchaba, un libro que me he comprado finalmente, un aroma inesperado, una comida placentera. Y, entonces, allí estás. Todavía conservo nuestras fotos, pero es en mi mente donde mejor te encuentro, allí es el único lugar en el que todavía estamos juntos. Donde no me defraudas, y me quieres, me cuidas, me respetas. Un lugar en el que los te echo de menos se dicen tras un largo día separados, y no son palabras estancadas en la mente después de meses sin vernos. No sé nada de ti, he intentado borrarte de mi vida deliberadamente y todo el mundo dice que es lo mejor, pero algo en mi interior me grita que se equivocan. Y que tú eres para mí. Sin embargo, llega la noche, como ahora, y me doy cuenta de que una vez más no me has escrito. Otro día sin que te hayas preocupado por mí, a pesar de saber el malestar en el que me encontraba. Vuelvo a recapacitar y darme cuenta de que merezco algo mejor, alguien que, cuando me hunda, me ayude a levantarme, en lugar de echarme tierra encima. Así que si estás leyendo esto quiero que sepas que sí, que sigo enamorada de ti, y que me duele tu pérdida. Pero más me duele todo lo malo que me has hecho sentir. Así que espero que seas muy feliz, y que lo hagas sin mí. Porque yo me merezco más, mucho más, aunque todavía no lo sienta así. Tú ya has pasado página, y me alegro por ti; a mí todavía me queda un buen rato, quiero apreciar un poco más nuestra historia, siempre me ha resultado difícil superar las cosas. Así que perdóname si me quedo un poco más por aquí y si, en este tiempo, mancho las páginas con mis lágrimas. Todavía me duele demasiado y, sin embargo, sé que hoy me duele más de lo que me dolerá mañana. Si me preguntas en unos días, semanas o meses puede que ya no sienta nada. Así que guarda estas palabras, porque es muy posible que sean las últimas que te vaya a dedicar jamás. 

viernes, 21 de agosto de 2020

Tu aroma

Me encanta la fruta, siempre has sabido que es mi sabor favorito en cuanto respecta al olor de tu piel. Olores que saboreo con el tacto de nuestras pieles, donde los sentidos se mezclan tanto que es imposible saber qué ocurre en cada momento. Solo sé que te quiero para mí. Que nos unamos como tantas otras veces, donde solo se grita de placer. Me encanta que, cuando nuestros cuerpos dejan de ser uno, mi piel adquiera tu aroma afrutado y que me obligues a quitármelo a gemidos bajo el agua. Lugar en el que nos unimos incontables veces a sabiendas de que, cuando te marches, tu aroma, a pesar de todo, va a seguir impregnado por toda mi piel. 

Hechos y palabras

El ruido de la ciudad no me parecía suficiente, allí era capaz de escuchar mis pensamientos tan alto que temía que, de un momento a otro, te fueses a aparecer ante mí. Cuando comencé a amarte jamás pensé que acabaríamos así. Tú, tan indiferente, después de haber gritado a los siete vientos tu amor por mí. Yo, tan dolida, tras haberme reservado lo que sentía por ti. Y es que, al final de todo, a las palabras no se las puede atrapar. Dice más quien habla con hechos que con palabras, y tú tenías mucho de lo segundo, pero muy poco de lo primero. Yo, tonta de mí, prefería escribirte con actos de amor que te negabas a ver. Así que ahora no me queda nada. Porque tus palabras se esfumaron contigo, efímeras, como tus promesas de amor. Y mis actos acabaron machacados junto con mi corazón. 

Bailamos por última vez

Aquel día bailamos felices, sabiendo que aquel era el primer día del comienzo de nuestra nueva vida. Bailamos el vals rodeados de las miradas de cariño de todos aquellos que habían sido importantes a lo largo de nuestra vida. A sus ojos éramos la viva imagen de la pura felicidad, ¿y por qué no íbamos a serlo? Si allí, juntos, habíamos dicho que sí a toda la eternidad unidos, si había cielo, lo escalaríamos juntos; de haber infierno, rodaríamos abrazados hasta él. Bailamos hasta que nos dolieron los pies, apagaron las luces y no quedó nadie más allí. Bailamos hasta que la noche se hizo día y nos sacaron a patadas. Bailamos hasta quedarnos sin aliento, porque juntos estábamos bailando por última vez, era un canto a la muerte, anunciándole que allí ya habíamos acabado, que nuestro amor necesitaba un segundo nivel. Y, sin embargo, aquel Dios extraño me dijo que en el cielo solo quedaba un lugar, y que te pertenecía a ti. Me dejó en vida, en el infierno, amándote hasta que las puertas se abran de nuevo para mí. 

Parecía que el sol le perteneciese

La sangre formaba ríos escarlatas por toda su piel, si la mirabas, ya no podías apartar los ojos de ella. Parecía que el sol le perteneciese, porque estaba allá donde ella pisara. Cuando se sumergía en el agua parecía que una estela la persiguese, porque podías intuir todo un camino de luces escarlatas, como si quisiese que todo el mundo la viese. Y puede que así fuese. Nunca se preocupaba por si la seguían, porque de alguna manera sabía que todo el mundo haría lo que ella quisiese, ¿y por qué no lo harían? Si cuando sus ojos se posaban en ti te permitían entrar en un mundo celestial que ni el mismísimo infierno sería capaz de atrapar jamás. Allí, con ella, simplemente te sentías a salvo; y no hay mejor sensación que sentir que has encontrado tu lugar. Mi hogar estaba donde quiera que ella estuviese. 

Dejé de inventar abecedarios

La oscuridad me abruma cada vez que intento acabar con la página en blanco. Me gustaría tintar de colores el vacío que me rodea y sé que la única manera que tengo de lograrlo es sacando aquello que me corroe en el interior, pero el monstruo de la oscuridad me sigue acechando. Antes, cuando lloraba, solía dejar entrever el dolor que sentía con cada palabra que era capaz de articular, era como si hubiese confeccionado todo un abecedario tan solo para mí. Ahora, en cambio, el dolor es tan superior a mí que no hay forma de describir con palabras las brumas que mantienen escondido a mi corazón. Por eso, con el tiempo, dejé de inventar abecedarios. Y, sin darme cuenta, poco a poco se me olvidó hasta cómo hablar. Así que lo guardé todo para mí. 

Tocar fondo

Miraba el plato de sopa sin poder ver el fondo, lo cual era bastante curioso teniendo en cuenta que me sentía como si yo misma hubiese llegado hasta el final; había tocado fondo y dudaba que fuese capaz de volver a ponerme en pie. Moví la sopa con la cuchara e inmediatamente sentí el remolino de incertidumbre, miedo y angustia que me llevaban atosigando meses. Estaba sola y la sopa se había quedado fría, parecía que, al igual que yo, con el tiempo el calor de la furia la había abandonado también. Lo que ninguna de las dos sabíamos es que lo que venía a continuación era mucho peor. El frío de la soledad es como un abrazo que te aprieta hasta que te asfixia. Y yo ya estaba empezando a adquirir un tono morado. Moví las letras de la sopa hasta formar una frase de auxilio, pero nadie la vio. Así que al final tocamos fondo las dos. 

domingo, 16 de agosto de 2020

16

Caminaba erguida, con la convicción de que se estaba comiendo el mundo, pero sin darse cuenta de que es el mundo quien la devoraba a ella. Tenía sueños dispares que creía que haría realidad y, sin embargo, vive en una burbuja de dolor que no le permite escapar y cumplirlos. Se encierra en sí misma sin darse cuenta de que no hay nadie allí para verla, ha intentado pasar tanto desapercibida que simplemente ya nadie la ve. Algunos dirían que está muerta y, en cierto sentido, tendrían razón. Ya no es la que era, ya no canta, ni baila al son de la música que suena a todo volumen al salir de la ducha. Ya no llora viendo películas ni suspira leyendo las mejores historias de amor. Ya no escribe lo que siente, porque ya no siente. Decir que tiene un vacío en su interior sería como mentir, allí hay algo, pero no es la nada. En su interior se esconden monstruos de la desolación, de la destrucción, que la engullen sin remordimientos. Hasta que se vuelve la nada de verdad. No está viva, ni muerta. Es y no es. Está en un punto intermedio que nadie jamás logrará comprender, porque nadie nunca se preocupará por entenderlo ni ayudarla. Así que, con el tiempo, simplemente comienza a desaparecer.

viernes, 12 de junio de 2020

Ya no creo en las promesas

Tus palabras vacías, carentes de verdad y llenas de falsas promesas me han acabado rompiendo. Ahora ya no soy capaz de confiar en nadie. Ya no me creo cuando me dicen algo bonito o dicen quererme, mucho menos cuando se trata de promesas sobre un para siempre. No existen los finales felices, ahora estoy segura de ello. Sé que estoy condenada a la soledad, a la desconfianza. Me has enseñado que nadie va a quererme ni a quedarse, por mucho que me digan que lo harán. Que las palabras son solo palabras y los hechos demasiado difíciles de realizar, porque es imposible hacer un acto que en realidad no pretendes. 

Lenta agonía

Ha pasado una vez más, he vuelto a desaparecer sin más. Como si nunca hubiese importado, como si nunca hubiese estado. Otra vez me han dado de lado sin explicaciones, vuelve el constante vacío y la jodida pregunta de por qué. ¿Por qué todo el mundo se marcha? ¿Por qué me abandonan cuando les doy todo de mí? Y quizá sea ese el problema, que doy tanto que ya no les queda nada que robarme. Me dan las gracias por sacarlos del pozo oscuro y, como agradecimiento, me lanzan a él. Así que aquí me encuentro una vez más, con el agua hasta la barbilla, el frío que me cala hasta los huesos y la oscuridad tragándome a toda velocidad. Y, a pesar de esto, me parece una lenta agonía que jamás termina, una muerte solitaria que se alarga constantemente. He logrado salir muchas veces de aquí, pero hoy me pregunto si habrá alguien que quiera ayudarme a mí. 

jueves, 23 de abril de 2020

Vivir muriendo o morir viviendo

Respiro despacio porque pronto se me acabará el aire que hay encerrado en estas cuatro paredes. Me debato interiormente entre morir lentamente aquí, a salvo, o salir y arriesgarme a que fuera el único aire que quede sea tóxico y me acabe asfixiando. Y no sé, no sé qué es peor, si vivir muriendo o morir viviendo, por muy por extraño que esto pueda sonar; pero aquí yo no vivo, yo solo existo. Es posible que al huir de aquí me encuentre con un destino peor y, sin embargo, ¿no es algo precioso? El vivir, aunque solo sea por unos segundos, pero qué maravillosa sensación esa de arriesgarse. Así que para bien o para mal, vuelvo a elegir a la vida una vez más, incluso si para eso tengo que renunciar a ella. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Una historia de Shakespeare

Te dejé marchar a sabiendas de las consecuencias que aquello me iba a acarrear, pero tenía que hacerlo. Alguien tenía que ser fuerte y ese alguien fui yo. Al principio te dolió a ti y me pintaste de villana, sin saber que la nuestra era una historia de Shakespeare en la que por fin uno de los dos sobrevivió. Te dolió, y me doliste. Tú y tus palabras hirientes, hechas para desgarrarme. Y te dije que no, mil veces no; hice como que no me afectaba y continué hacia delante. Al final tú me olvidaste y con ello se acabó tu dolor. Yo, en cambio, quedé atrás lamiéndome heridas que sé que de ninguna forma van a sanar, y es que por más que trato de avanzar por algún motivo siempre acabo dando vueltas en círculos. Espero que estés bien y que, algún día, te des cuenta de que los verdaderos héroes son aquellos que hacen el bien sin esperar a que lo veas.

Odio mi reflejo

De mil formas traté de amarme y en ninguna de ellas logré siquiera acercarme. No hay día en el que me mire y no odie mi reflejo, en ocasiones, hasta la simple imagen me provoca tal angustia que no soy capaz de hacerme ver por ningún lugar. Me encierro, y no es solo mi cuerpo el queda en cuatro paredes. Mi mente empieza a perderse también, se funde entre tanto pensamiento. Me repito que da igual, que a nadie le importa. Pero a mí sí que me importa. Tratan de animarme con palabras de aliento que acabo extinguiendo tras pocos intentos. Me dejan en paz, claro, ¿para qué se iban a quedar? Si al final todos sabemos que lo que yo digo es verdad.

sábado, 14 de marzo de 2020

Poesía erótica

Odiaba escribir poesía erótica, pero estar con ella era como la mejor fantasía sexual cumplida. ¿Así que cómo no iba a escribirla? Si su cuerpo era la envidia divina y su rostro el de un diablo vestido de ángel, en apariencia tan santa, en la cama tan bárbara. Siempre llevaba el control, nunca dejaba que la tocara. Y, ¿a quién pretendo engañar? Tampoco me hacía falta, si con aquella boca hacía maravillas, sus manos me tocaban como la mejor sinfonía y cuando dejaba que entrara en ella siempre provocaba la mejor explosión. 

Ya es tarde para mí

Ya es tarde para mí. Una última píldora. En realidad, ya ni siquiera sé cuántas van. Dejé de contar tras la décima, pero es que no logro que se calle, esa maldita voz de mi cabeza no se calla. A cada pastilla me da la sensación de que grita más, así que me tomo otra más, con la esperanza de que esta vez sí que pare. No lo hace. No para. No la aguanto más. Ya no me quedan más pastillas y, cuando intento levantarme para ir a por más, me doy cuenta de que no soy capaz de moverme. Mis párpados caen, pesados, y mi respiración se ralentiza. La voz sigue hablando y, sin embargo, ya no me molesta tanto, no es más que un eco en una cueva enorme que suena cada vez más débil hasta que, por fin, desaparece.

Trincheras

F, esa era la letra que escribían cada vez que un soldado de su bando caía. Ahora estaban en terreno enemigo y cada paso que daban estaban más cerca de morir. Sin embargo, en aquellas trincheras no todo era dolor y terror, cuando el miedo y la soledad se apoderaba de ellos disfrutaban la compañía del otro en los lugares más recónditos y, en lugar de explorar la zona enemiga, se dedicaban a explorar a su compatriota.

Humanidad

Caía dinero del cielo y algunos dirán que aquello era una bendición, pero no. Aquello era el puto banco explotando por los aires mientras el caos se desataba en todo el país. No era el único lugar que había explotado. Hospitales, colegios y centros comerciales; cualquier lugar de concentración de masas había volado en mil pedazos en un intento de librarse del peor virus que habitaba en aquel lugar: la humanidad

Besos

Tengo ganas de verte, de sentir tus brazos alzarme y tus besos recorrer mi clavícula mientras mis piernas se enredan en tu cintura. Tus besos siempre vuelven hacia arriba para susurrarme al oído con esa voz ronca que me revuelve todo que te bese. Y yo te beso, claro que te beso. Te beso cuando me dejas en la cama y tu mano acaricia mi cuerpo hasta llegar a la zona que más te espera y te sigo besando hasta cuando lo único que salen de mis labios son gemidos. Te beso mientras me besas otros labios con tus manos y solo dejo de besarte cuando cambias las manos por tus labios.

Tus recuerdos no me hacen bien

Echo de menos hablar contigo, aquellas horas en las que hablábamos de todo y a la vez de nada, en las que me hacías compañía hasta cuando no te lo pedía, ni necesitaba. Porque así eras tú, estabas sin necesidad de pedirte que estuvieses y llenabas mis silencios y mis llantos con tus besos que siempre me provocaban alegría. Ya no queda nada de aquellos días en los que tan feliz me hacías, ni siquiera tus recuerdos me hacen bien. Ahora me pregunto si pensarás en mí también, o si soy yo la única melancólica que se pasa la noche en vela recordando nuestros buenos momentos y deseando poder volver a ellos.

Perdido

Ya no recuerda cómo ser él, de hecho, ya ni siquiera le sale bien imitar a los demás. Así que ahora, ¿qué le queda? No es capaz de mirarse a sí mismo porque eso supondría fijar la vista en aquellos ojos perdidos que tanto lo asustan. Su reflejo le provoca escalofríos y le da tanto miedo vivir consigo mismo que le encantaría poder dejar de pensar. De verdad, aunque tan solo fuese por unos minutos, pero necesita tanto huir; aunque tampoco sabe adónde. Si se queda pierde y si se va también, no sabe cómo empezar de cero ni cómo volver hacia atrás, las palabras no ayudan y los pensamientos solo son un martirio, así que se ahoga en un mar de dudas sin que nadie lo rescate.

El primer amor

Llevaba ya un tiempo sin llorar, aquello casi que me parecía mentira, después de todo el dolor que todavía seguía dentro de mí. Pero ayer me acordé de ti, fue un instante, tan fugaz que me recordó a una de tus caricias. Y. Me. Rompí. De todas las formas que te puedas imaginar. No, no hablo de los pedazos de mi corazón, ni de aquel llanto devastador con el que me quedé dormida; hablo de recuerdos, esos que parecía que estaba dejando atrás y que me di cuenta de que no. Ahora son recuerdos rotos, como yo, porque soy incapaz de pensar en ellos sin cambiarles el final, así que ya no son recuerdos, son fantasías. Mentiras que me cuento a mí misma para poder dormir.

jueves, 12 de marzo de 2020

No sé si voy a poder volver a amarme

Cuando estaba en mi peor momento decidiste empujarme y hundirme más. Te perdoné, lo hiciste otra vez. Y ahora que por fin estaba empezando a recuperar mi compostura te lanzas a destrozarme una vez más, cuando mi corazón es débil y mi alma frágil, tanto, que con unas palabras has sido capaz de destrozar ambos. Me cuesta levantarme, no voy a engañarte, y lo peor de todo es pensar que después de todo, me lo merezco. Que me merezco que me rompan, que me hundan y me destrocen. Pensar que no me merezco nada bueno, porque yo no lo valgo. Y es triste, pero también es cierto. Ya no hay sonrisas genuinas en mi rostro ni me creo las palabras de otros, estoy encerrada en mi mente con un monstruo que crece con cada pensamiento y con cada palabra. Y no, no me ayudan tus lamentos ni tus disculpas, ¿por qué iba a querer coger la mano de quien me empujó? Por tu culpa siento que ahora es todo el mundo quien me empuja, así que cada te quiero me suena a burla y cada cumplido a algo que se dice sin sentirlo y ya no sé si alguna vez voy a volver a ser capaz de amar, ya no solo a otro, sino que a mí misma.

Mi monstruo interior

Me mira fijamente, observa cada movimiento, detalle y defecto. Su voz grita en mi cerebro las palabras que más me duelen y que me hacen sentir tan pequeña en un mundo tan inmenso. Y me siento completamente vacía, demasiado rota y dolida. Derrotada. Cansada de luchar contra mi monstruo interior mientras otras personas me lanzan los suyos para luego salir huyendo. Me duelen las palabras que dicen y aquellas que callan, las que completo en mi mente. Y esas son las que más duelen. Las más ciertas también, porque son las que más se asemejan a lo que está en mi mente, que me grita que no valgo, que no sirvo, que no soy. Que ni lista, ni guapa, ni amable, ni nadie. Y cuando me dijeron que aquello no era cierto, no dudaron en olvidarme. Así que ya no me lo creo. Lo que hago es dejar salir al monstruo que habita en mí, y ya no sé si me devora a mí o al mundo, lo único que sé es que, al final, va a acabar con los dos.

domingo, 8 de marzo de 2020

¿Quién soy yo?

Hay algo en mí que no me permite ser yo misma, como si una fuerza superior a mí me retuviese contra mi voluntad. No me encuentro bien y, a estas alturas, tampoco logro averiguar por qué. Las noches de insomnio son interminables y el dolor insoportable. Cada día es peor que el anterior, más lento, más tenso, más abrumador. Y yo siento como que estoy a punto de explotar, mi nivel de estrés viaja hasta las nubes y sigue volando hasta llegar al espacio exterior. No hay quien lo controle, no hay quien me controle y, lo único que puedo hacer, es preguntarme quién soy yo. Ya no lo sé. Tengo el corazón destrozado, la mente perdida y el cuerpo maltrecho. Me cuesta expresarme porque ni yo misma entiendo qué es lo que ocurre y por esa misma actitud hago daño, así que me quedo sola. Y lloro. Lloro hasta que me duele la cabeza, el pecho y el corazón. Lloro porque llorar es mi única compañia en estas noches de pena, y por mi yo perdido, ese que me temo que jamás podré recuperar y que tan solo quedaremos esta desdichada alma y yo.

jueves, 30 de enero de 2020

Ya no me miras como antes

Me pregunto si piensas en mí cada noche, cuando te vas a dormir. Si durante el día mi nombre aparece de repente en tu cabeza o si cualquier cosa hace que te acuerdes de mí. Me pregunto si cuando ves mis fotos se te forma una sonrisa en el rostro, si no puedes dejar de pensar en mí. Y supongo que antes sí, así como supongo que ya no. Al menos no con la misma frecuencia. Ya no me hablas como antes, de hecho, ya ni siquiera me miras como antes y, sinceramente, eso es mucho decir. No pones el mismo empeño en estar conmigo, ni te esfuerzas en las pequeñas cosas por las que antes se te iba la vida. Me siento alejada de ti, como si ya no te importase y, si te digo la verdad, eso duele. Ya no me escribes como si fuese única, me miras como si fuese importante ni me tocas como si fuese especial. De hecho, a veces siento que estás ausente a mi lado, que ya ni siquiera te percatas de mi presencia. Y, a decir verdad, me quema. El que ya no me quieras como antes me quema. Quizá, con suerte, me harás cenizas con tu fuego y, al volar, llegaré hasta alguien que me mire de la misma forma en la que me mirabas tú antes.

lunes, 27 de enero de 2020

Sin miedo a vivir

Pisas fuerte, sin miedo a vivir.
Sí, a vivir, no a morir,
porque morir sabemos todos,
pero, ¿vivir? Eso no.
Pisas tan fuerte que se quiebra,
lo que pisas se rompe,
en mil pedazos que se esparcen,
¿lo ves? Soy yo.
Lo que pisas, sí, se trata de mí.
Por favor, levántalo,
levanta el pie de una maldita vez.
¿No me escuchas?
Supongo que no, porque ahora vuelo.
Qué raro es morir,
siento que ya no siento nada de nada.
¿Acaso tiene sentido?
Y diría que sí, definitivamente es un sí,
porque viví por ti,
morí por ti, y ahora ya no me queda nada,
¿vendrás a por mí?
Aquí te estaré esperando, mi perdición.
Estoy volando,
tan, pero que tan alto, que voy a caer.
¿Esta vez me vas a atrapar?

¿Si vieses a alguien a punto de ahogarse le dejarías morir?

Siento que te estás alejando, exactamente como todos los demás. Siempre empieza igual, la misma historia que se repite una y otra, y otra vez. Te encuentro, completamente roto, solo; y yo me lanzo a buscarte como si se tratase de mi mismísima vida la que tengo que salvar. Te aferras tan fuerte a mí que tus uñas me dejan heridas, aunque me da igual, porque lo único en lo que puedo pensar es en salvarte. Te cuido, te animo, te doy mi tiempo y mi ser y, con cualquier recaída, me lanzo a salvarte otra vez. Así, cada día, cada minuto, cada segundo de mi vida. Me desvivo por ti, porque tú estés bien y consigas vivir sin mí. Claro que, estúpida de mí, eso significa que de hecho puedes vivir sin mí. Supongo que soy incluso más estúpida por pensar que, aunque puedas respirar sin aire, seguirás usando tus pulmones. Lo cierto es que no, me lanzas lejos ahora que ya no me necesitas y, cuando te necesito yo, me dejas. Me dejas vacía porque te he entregado cada parte de mí para que puedas vivir, y qué irónico que tú te dedicas a recolectar todo aquello que te interesa de todo el mundo. De mí, por supuesto, no; porque de mí no queda ya nada. Así que te esfumas por completo, y yo me quedo atrás completamente rota, sintiendo que ya jamás me voy a volver a sentir completa, hasta que lo hago, y vuelvo a perderlo todo por alguien como tú. Me dices que no sea estúpida, que sea egoísta, que mire por mí y solo por mí, que reparar a gente rota implica destrozarme a mí. Supongo que sí, que tienes razón. Pero, dime algo, ¿si vieses a alguien a punto de ahogarse le dejarías morir? Porque yo no, y no podría vivir con la idea de que ni siquiera lo intenté; y si tengo que morir ahogada al menos que sea por ir a salvarte, incluso si tú no me salvarías a mí.

Aquí solo hay vacío

Me duele, hay algo que me duele y no sé lo que es. No logro averiguar de qué se trata, pero me mata, te juro que me mata. Tengo un dolor en el pecho que me sobrecoge, que me asfixia, y no puedo dejar de llorar. Ya no sé ni por qué lloro, supongo que lloro hasta por lo que no me toca llorar. Siento que me estoy quebrando y que no puedo aguantar más, que me hundo en un precipicio sin fin. Grito por auxilio, grito tu nombre, alto, fuerte, tanto que me duelen los pulmones y me desgarro la garganta; pero tú ni te asomas, me dices que es una simple caída y no le das importancia. Me estoy ahogando y, como malgasté mis últimos gritos en pedirte ayuda a ti, ahora estoy sola. Está tan oscuro y hace tanto frío. Ya ni siquiera lloro, se me han secado los ojos y a causa de eso a veces veo borroso. Al fin he llegado a lo más profundo, el lugar donde ya no se llora, porque no se siente. Aquí solo hay vacío, y me da miedo, me da miedo porque, cuando caes a lo más hondo, ya no hay nada que perder. Y si no tengo nada que perder, ¿para qué esforzarme en ganar? Si, de todas formas, tampoco puedo salir de aquí, ni tengo a nadie a quien le importe lo suficiente para venir a buscarme. Así que me quedo aquí, sola y completamente vacía, quebrada; un despojo que solo sobrevive porque ya no sabe cómo vivir.

sábado, 18 de enero de 2020

Me encierro una vez más

Me encierro una vez más tras las murallas que vuelvo a construir, esas que una vez destruí pensando que jamás volvería aquí. Me equivoqué, lo sé, siempre lo hago. La gente dice que tengo la tendencia a creer que tengo la razón en todo, y no podrían equivocarse más. Me equivoco hasta cuando no lo hago, porque la inseguridad me arrastra a pensar que es así. Intento pretender que no soy así, que creo en mí, y parece que el papel funciona, debo ser muy buena actriz porque todos me creen. Todos, claro, menos yo. Al corazón no se le puede engañar, mucho menos cuando es este mismo el que late acelerado por el miedo a cada instante. Y ya estoy cansada, de sufrir, de fingir. No quiero salir de aquí, ni aunque eso signifique no poder volver a salir. Me gusta mi fortaleza en la que nada puede hacerme daño, donde solo estamos mis pensamientos y yo; aunque, ahora que lo pienso, es un arma de doble filo. A fin de cuentas, no hay nada más peligroso que conocerse a uno mismo.

domingo, 12 de enero de 2020

No sé si te quiero

No quiero hacerte daño, pero el otro día, mientras estábamos abrazados, pensé que no te quería. Se me vino a la cabeza sin más, y no estoy segura de a qué se debía, ¿se deja de querer a alguien de un momento a otro o es que en realidad nunca se le ha querido? Y me asusta no saber la respuesta, si se trató de un momento de pura locura o es que mi mente finalmente se despejó. Pero no te quería. Y, si te soy sincera, todavía no sé si te quiero. Me duele dolerte y por eso mismo me callo, aunque más me duele mentirte en silencio. Y es que sí te quiero, te quiero, sí, pero ¿cómo te quiero? Y es que creo que no es como tú me quieres, como debería quererte. Me duele hacerte esto, y hacérmelo a mí también, porque en el fondo creo que sí te quiero. Al menos lo suficiente como para llorar por ti, por tener que decirte esto; que te quiero, pero no te quiero.

viernes, 10 de enero de 2020

Familia

Me dijeron que era para toda la vida, lo único que nunca te iba a fallar, que siempre iba a estar ahí. Lo único que me dijeron fueron mentiras. Se equivocaron, o al menos conmigo. Entre peleas y discusiones interminables por culpa del maldito orgullo que nunca nos dejó decir «lo siento» acabé huyendo. Sí, me fui. Y qué queréis que os diga, ojalá no tener que volver jamás. Ya no tengo que aguantar falsas palabras de amor, malas caras, engaños, discusiones ni estafas. No más puñaladas que se perdonan por el simple hecho de tener la misma sangre, ni llantos desesperados en mitad de la madrugada. Se escribe familia, pero la definición se la doy yo; y te aseguro que en ella solo entra quien diga yo.

Luz en la oscuridad

Me cuesta ver más allá del hoy, de lo que me rodea, de lo que hay en mí. Cierro los ojos y todo está oscuro, no hay luz ni en mis sueños; quizá es porque son pesadillas. Cuando los abro es peor, lo cierto es que me asusta la realidad. Me asusta ver la verdad escrita en cada mirada de decepción, cada fracaso, cada metedura de pata, cada maldito defecto de mi piel, y fuera de ella también. Me ahoga saber que no soy suficiente, que no valgo la pena, que no voy a conseguir nada. Que todo va a seguir igual. Y ya no soy capaz de respirar entre tanta oscuridad, me asfixio a cada segundo que pasa. Ya no puedo más. Yo tan solo pido un poco de luz en la oscuridad. Una brizna de aire que haga funcionar a mis pulmones. Alguien que me anime, que me ayude a salir de este pozo oscuro, que me haga ver que yo también puedo soñar.

Amor a distancia

Hablan de amor como si comprendieran lo que sentimos tú y yo. Hablan de números, de infidelidad, de desconfianza. Hablan sin saber lo que es amar. Creen que el amor se mide en los días que paso tocando tu piel, en los centímetros que nos distancian al uno del otro. Como si el amor se tratase de números y medidas, ¿no es acaso algo intangible? Cómo es, pues, que todos saben tanto de sus medidas, si lo llaman incontable, abstracto. Y, sin embargo, siguen hablando de imposibles y mentiras, hablan de ti y de mí, de cómo no puede ser porque existe la distancia. ¿Os lo podéis creer? Que una palabra, una maldita palabra, haga que nuestro amor sea imposible, inconcebible e incomprensible. Alguien me dijo una vez que las palabras tienen el valor que queramos darles, y a mí me gusta el nuestro. Me gusta nuestro sentido del amor, de que creamos, confiemos y respetemos. Sobre todo, me gusta que ignoremos. Y que nos amemos.

Arde

Camino sola por el sendero de la vida, que se complica a cada giro. De ti solo quedan cenizas. Ardiste en una fogata que tú misma prendiste al quebrar nuestra amistad, resulta que solo eras leña caída que ardía muy bien. Y yo lo comprobé. Saltaban chispas cuando estábamos juntas, pero no, no todas las chispas tienen que ver con el amor. Las tuyas eran el tipo de chispas que hacían arder un bosque entero por meses, del tipo que causaban daños irreversibles, que destrozaban cosechas, casas, fauna y flora. En mi caso, destrozaste mi corazón. Así que arde, arde, arde todo lo que quieras, que toda la leña tarde o temprano se consume y la ceniza es molesta, pero lo bueno es que con un soplo de viento se va.

Un beso de tus labios

Aunque te parezca mentira, sueño con un beso. Un beso de tus labios, en cómo sabrán; si dulces o salados como el mar. En qué lugar me besarás, cómo será. O si quizá seré yo quien te lo dará. No, qué va, eso sé que no va a pasar. Sueño despierto porque la simple idea de hacerlo realidad me hace temblar; llámame cobarde, dime que no tengo valor, que yo ya sé que es verdad. Me recorre un escalofrío de los pies a la cabeza de pensar que me vas a rechazar, que lo voy a hacer mal, que no te va a gustar. Que simplemente no quieres que alguien como yo se acerque a ti y, seamos realistas, ¿cómo ibas a poder pensar lo contrario? Si mírate a ti y mírame a mí.

Nunca más voy a sentir frío

Me hundo en lo más profundo del mar, donde el azul se vuelve negro y nadie me puede salvar. No tomo aire antes de saltar y llevo una roca enganchada de la pierna que me arrastra hasta profundidades impensables. Evidentemente sé que voy a morir, que esta es mi carta de despido; pero quiero que sepáis que no lo siento. Que no duele, que ya no me duele. Hace tiempo que el dolor se convirtió en mi mejor amigo, que las sombras no me dan frío y la oscuridad me hace sentir como en casa. Ahora solo hay paz en las partes en las que antes me rodeaba la angustia, la soledad y el dolor. Que ahora ya tan solo queda vacío. Y sonrío, os juro que sonrío, porque sé que allá donde voy nunca más voy a sentir frío.

Serindipia

Bendita tu locura que me hizo encontrarte cuando menos lo esperaba. Con esos ojos café y aquel cabello azabache, jamás pensé que fuese a encontrarte en aquel arroyo aquel día. Lanzada de cabeza buscabas la piedra más bonita de entre toda la porquería. Renacuajos saltaban de un lado para otro mientras tú tratabas de no atraparlos, pero, llámalo destino o casualidad, siempre acababan chocando contigo. Tarareabas una canción de Bruno Mars al ritmo de tu propia melodía y el agua te empapaba la ropa que ya estaba cubierta de barro; aunque a ti todo aquello no te importaba. Te pregunté que qué hacías, y me gritaste, a pesar de que estaba a tan solo dos pasos, que buscabas lo más bonito de aquel lugar. Tenías trece años, yo, catorce; y a pesar de todos los años que han pasado sigo pensando que lo más bonito que había en aquel lugar fue la serindipia que nos unió para siempre.

Solías llamarme ángel

Solías llamarme ángel; decías que se debía a que cada vez que me veías se iluminaba tu mundo, y que eso solo podía ser obra de un ser celestial. Decías que en mi mirada se podían ver años de sabiduría y honestidad, y que por eso te encantaba fijar tu vista en mis ojos. Decías que mi piel era blanca y mi cuerpo delgado porque me faltaba la mayor protección; mis alas. Decías, decías, decías. Siempre decías. Supongo que es lo que tienen las palabras, que vuelan, quizá se fueron junto a mis alas a un cielo al que ya no puedo regresar. Contigo, que si yo vengo del cielo tú fuiste sacado del mismísimo infierno, en lugar de alas te faltaban los cuernos y una cola que se enredaba entorno a mi garganta, como tus garras afiladas que a menudo hoy me hacen pensar que fueron ellas las que me privaron de mi libertad y de mi poder celestial. Yo bajé de mi cielo y tú subiste de tu infierno, yo, por amor; tú, por conveniencia. Pero que no se te olvide que el infierno está en cualquier lugar, y yo me ocuparé de no hacer desaparecer el tuyo.