viernes, 10 de enero de 2020

Solías llamarme ángel

Solías llamarme ángel; decías que se debía a que cada vez que me veías se iluminaba tu mundo, y que eso solo podía ser obra de un ser celestial. Decías que en mi mirada se podían ver años de sabiduría y honestidad, y que por eso te encantaba fijar tu vista en mis ojos. Decías que mi piel era blanca y mi cuerpo delgado porque me faltaba la mayor protección; mis alas. Decías, decías, decías. Siempre decías. Supongo que es lo que tienen las palabras, que vuelan, quizá se fueron junto a mis alas a un cielo al que ya no puedo regresar. Contigo, que si yo vengo del cielo tú fuiste sacado del mismísimo infierno, en lugar de alas te faltaban los cuernos y una cola que se enredaba entorno a mi garganta, como tus garras afiladas que a menudo hoy me hacen pensar que fueron ellas las que me privaron de mi libertad y de mi poder celestial. Yo bajé de mi cielo y tú subiste de tu infierno, yo, por amor; tú, por conveniencia. Pero que no se te olvide que el infierno está en cualquier lugar, y yo me ocuparé de no hacer desaparecer el tuyo.

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