miércoles, 16 de septiembre de 2020
Dolor
Estoy agotada de pedir ayuda y no ser escuchada. De romperme la garganta a gritos de auxilio que acaban en la nada. Me duele la indiferencia con la que se me trata, a sabiendas de que si mi enfermedad se viese a simple vista no me abandonarían tan pronto. Pero mi dolor no se ve, ni se palpa. Mi dolor me destruye por dentro, como un veneno que actúa lentamente hasta llegar a mi corazón. Me duele el alma, y ni siquiera sabía que podía llegar a dolerme hasta eso. Me duelen las lágrimas silenciosas que recorren mis mejillas cada día, la angustia que se me acumula en el pecho y la soledad tan aplastante. Me duele que me dejen sola, que no me quieran, que no sea lo suficiente. Me duele que me duela todo esto. Que no sea capaz de salir de la cama, que me quiera morir. Que tan solo quiera acabar con todo de una vez, tal vez así esto acabaría de una vez; quizá no habría más dolor, ni sufrimiento. Me duele pensar en esto. Pero hay ocasiones en las que no veo otra solución. Y, sin embargo, lo sigo intentando. Lo hago por los que me quieren, por los que me incitan a seguir caminando. Pero son escasos y, la mayoría, se van. ¿Y a quién le extraña? Siempre dicen que soy la luz que los iluminó a salir de la oscuridad, aquella que estuvo en el peor momento y los ayudó a salir, ¿puedo culparlos por no querer sumergirse en la oscuridad por mí? Yo lo hice por amor, y ellos no lo hacen por la misma razón. Porque yo amo sin límites, sin importar que me hagan daño, dando todo lo que hay en mí. Y a mí me aman cuando les beneficia, pero no dudarían en abandonarme en cuanto les saliese una oportunidad mejor. Ya me ha ocurrido. Y no, no ha sido una vez. Ni siquiera dos, ni tres. Me ha ocurrido muchas veces. Es mi culpa, no soy lo suficiente. Jamás seré lo bastante lista, ni simpática, ni guapa, ni agradable. Jamás seré lo suficiente para que a pesar de todo me elijan a mí y solamente a mí, así como lo hice yo en su momento. Nunca me querrán como quiero yo, porque nadie está dispuesto a luchar hasta el final, a amarme sin reservas, de verdad. Así que esa es la única verdad. Nadie me ha querido, me quiere, ni me querrá. Y algún día, puede que más pronto que tarde, acabaré con todo esto; demasiado ahogada en mis propias lágrimas como para poder respirar. Y es que al final, como dijo Benedetti, solo espero que «ojalá nunca hayas leído nada de lo que te he escrito, porque me destrozaría saber que a pesar de eso no me has buscado».
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario