domingo, 16 de agosto de 2020

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Caminaba erguida, con la convicción de que se estaba comiendo el mundo, pero sin darse cuenta de que es el mundo quien la devoraba a ella. Tenía sueños dispares que creía que haría realidad y, sin embargo, vive en una burbuja de dolor que no le permite escapar y cumplirlos. Se encierra en sí misma sin darse cuenta de que no hay nadie allí para verla, ha intentado pasar tanto desapercibida que simplemente ya nadie la ve. Algunos dirían que está muerta y, en cierto sentido, tendrían razón. Ya no es la que era, ya no canta, ni baila al son de la música que suena a todo volumen al salir de la ducha. Ya no llora viendo películas ni suspira leyendo las mejores historias de amor. Ya no escribe lo que siente, porque ya no siente. Decir que tiene un vacío en su interior sería como mentir, allí hay algo, pero no es la nada. En su interior se esconden monstruos de la desolación, de la destrucción, que la engullen sin remordimientos. Hasta que se vuelve la nada de verdad. No está viva, ni muerta. Es y no es. Está en un punto intermedio que nadie jamás logrará comprender, porque nadie nunca se preocupará por entenderlo ni ayudarla. Así que, con el tiempo, simplemente comienza a desaparecer.

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