Mece mi cabello este viento tan disperso, perdido, en un lugar en el que no debería estar. Como yo. Pero él se queda, y yo también. No importa que ninguno de los dos encaje en aquel lugar, y que, tal vez, no estemos haciendo bien; pero somos egoístas, y nos queremos quedar. El viento azota los árboles, salvaje, y yo cargo contra su corazón, decidida. ¿Y quién decide que los dos nos quedemos ahí? Cuando no hacemos ningún bien, y lo único que somos, es destrucción. Pero no se atreven a dejarnos ir, ¿sabes lo difícil que es atrapar el viento? No se puede, siempre se acaba yendo, hasta que ya no queda nada. Como yo. Un día voy a desaparecer, y entonces te vas a dar cuenta de todo el daño que te he causado, que la culpable de ese dolor que cargas, siempre he sido yo. Te vas a dar cuenta de que estás mejor sin mí, y de que yo te lo advertí, que quisiste domar lo indomable y cargaste contra algo que no se podía. Te hice daño, aunque en realidad yo no quería, te lo juro que no, pero está en mi naturaleza el ser así. Lo siento. Siento todas las estacas que lograron desangrarte un poquito más, y ser la que después te intentase curar. No se pueden curar las heridas que uno mismo provoca, lo mejor, es dejar marchar. Me tienes que dejar ir, no puedes seguir dejando que te retenga, soy mala para ti, ¿es que no lo ves? Que tu mayor obstáculo soy yo. Que el sufrimiento que cargas, es parte de mi culpa, que he derribado muros que deberían seguir alzados, y he quebrado tantos cristales que, al final, a quien acabé quebrando fue a ti. Lo siento, por ser egoísta y quererte, y no dejarte marchar cuando sé que debería hacerlo. Lo siento por ser la causa de tu malestar, y por todo el daño que te he causado. Lo siento por ser yo, pero el viento no tiene dueño, y ni yo sé adónde voy.
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