¿Es cierto que las lágrimas vienen de los lugares más recónditos de nuestro corazón? Que ellas, antes que nuestra mente, saben que algo nos pasa. Salen a relucir incluso sin quererlo, porque no son esclavas de nadie. Van y vienen cuando quieren, y rara es la vez que puede uno controlarlas. Cuando el dolor es demasiado para soportar, cuando la situación nos sobrecarga, ellas son el peso que soltamos para que nuestro globo pueda volver a volar. Son el peso muerto que nos salva, y curioso es el hecho de que sea lo más triste aquello que también se comparte en la mayor felicidad. Ellas están en lo mejor, y en lo peor, para advertirnos cuando estamos hundidos, que llegarán tiempos mejores, pero también para advertirnos en aquellos más felices que tan pronto estamos en la cima, podemos caernos.
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