Cada vez que doy un paso hacia delante, la corriente me empuja tres hacia atrás. No importa mi empeño, ni las ganas por llegar al final de esta carrera interminable que es la vida, que no logro ver la meta. Cuando me paro a recobrar el aliento me golpea una oleada de dolor insoportable, pero si trato de avanzar me ponen la zancadilla aquellas personas que se hacían llamar mis amigas. Y me caigo. Y me levanto. Me levanto, por mí, y por todas esas manos que me tienden ofreciéndome su ayuda, de personas que están ahí, que velan por mí, de noche y de día, que me apoyan desde las gradas, y que corren junto a mí gritándome palabras de ánimo. Personas que si me paro, se esperan y que, si corro más rápido, me siguen el ritmo. Y que a veces la carrera me sorprende haciéndome topar con personas que jamás esperaría encontrarme, en ocasiones corren en mi misma dirección y, en otras, en la contraria. Otras paran a mitad de la carrera, toman otro carril o se van hablando con otra persona pero, al final del día, estoy segura de haber avanzado, porque cada día estoy un poquito más cerca de mi objetivo.
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