A veces la presión llega y el dolor te sucumbe. No puedes estar del todo seguro de dónde viene, ni cuánto tiempo estará. O de si algún día se irá. Ese día en el que las penas no se cubren ni con mil capas, ni con ninguna conversación profunda, porque el sentimiento es mucho mayor. Ese día en el que tus ojos se aguan con el peso de lo que callas, y de las mentiras que de alguna forma te dictan. Porque la máscara cae, y los muros se derriban por unos instantes, pero que son unos instantes preciosos. Y de alguna forma ya no hay marcha atrás, porque una vez que el dolor sale a relucir, una vez que te ha quebrado tanto por dentro que ya no puedes ocultarlo por fuera, sabes que ya no se marchará. Que ya no hay nada que hacer, porque iniciado el proceso, la única forma de concluirlo, es acabar con él. Y mis demonios han quebrado sus esposas, escapando de la prisión en la que los tenía encerrados, y yo ya no soy capaz de volver a atraparlos, porque sola no requiero de la fuerza necesaria para colocarlos en su lugar. Porque sola no me queda otra cosa que hacer, que esperar, esperar lo inevitable, esperar que me consuman, como muchas otras veces.
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