Y en la soledad más impoluta comprendí que hasta quien dice estar siempre, solo está a medias, quien te jura que te quiere, tan solo te aprecia. Que la soledad es tu amiga más verdadera, y no debes acostumbrarte a nadie, porque de repente, un día, se van. Comprendí que no puedes esperar que alguien haga algo por ti, solo porque tú estarías dispuesto a hacer cualquier cosa por ella, que es mejor sorprenderse, que decepcionarse. Que no puedes esperar que alguien sienta todo lo que dice, y que sin hechos, solo son palabras. Que las cosas se demuestran con los pequeños detalles del día a día, y aunque se callen los te quiero, a veces no son necesarios, porque con un gesto, ya los estás demostrando. Comprendí que quien te quiere, no tiene por qué buscarte, y que a veces, tan solo espera ser buscado. Que no hablar con alguien no significa que no pienses en ella a cada instante, y que en ocasiones el silencio es más doloroso que cualquier acusación. Que el vacío duele, y lo que callamos también. Comprendí que un día aquellos que te prometieron estar, decidieron dejar de estarlo, porque el querer a alguien no es suficiente, y llega un punto en el que te cansas, te cansas de esa persona y, te das cuenta, de que a la larga, es mejor dejarla marchar. Comprendí que yo soy la que se queda observando mientras me dejan atrás.
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