-Te quiero -le dije, y te juro que mi alma estaba en mi puño.
-¿Pero? -contestó, y ni si quiera se atrevió a devolverme la mirada.
-Nunca dije que lo hay.
-Y, sin embargo, es así.
Asentí, porque es lo único que me atreví a hacer en ese momento, hasta que me llegó un instante de valentía, para decirle.
-Pero siento que no eres para mí. Que las personas deberían ser libres y cuando yo estoy contigo lo único que quiero es dártelo todo a ti, hasta mi vida, si de tu boca me lo pidieras. Y eso no puede ser bueno, no puede ser sano. Este amor que siento por ti es tan incontrolable, tan alocado. Tan tuyo.
-Pero al confiarme tu amor, confías, tan bien, en que sabré dar buen uso de tu corazón, al fin y al cabo, tú tienes el mío y, la única manera de hacernos daño, es romper el corazón del otro. Por eso están a buen recaudo, por eso lo tiene el otro.
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