Dejé de jugar a la consola cuando sentí una respiración en la nuca que, de inmediato, se cubrió de sudor. Un sudor frío que me bajó hasta la espina dorsal. Me giré y ya no había nadie. Cada vez que intentaba volver a jugar lo sentía, cada vez más cerca, hasta que la respiración ya no estaba en la nuca; estaba en mi oreja, provocándome escalofríos. Me volví una vez más, y esa vez atisbé un rasgo de su piel. A la siguiente, un detalle de la ropa. Y luego del pelo. Así, hasta que logré verlo por completo. Y ojalá, ojalá que no lo hubiese hecho, porque ahora me pregunto cómo es posible estar en dos sitios a la vez. Y por qué me susurro a mí mismo que estoy muerto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario