El almendro proyectaba luces y sombras sobre lo que antes era suyo. Aquella vida que ya, simplemente, no estaba. Que no está. Y miró una vez más aquel paisaje que se sentía más que eso. Una vida. Y no, no cualquier vida; una vida perdida. Recuerda el día que se marchó de allí, en busca de aventuras, de algo mejor. No había sido más ilusa en toda su existencia, y es que de todos los errores que se pueden cometer, ella cometió todos. Menospreció lo más valioso y por tonta lo perdió. Y ahora camina cada día hasta allí, se sienta bajo el almendro, en unas estaciones en flor, en otras, no; y contempla la estampa de aquella familia en el porche que un día fue la suya y que ahora ya no.
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