Me rodea el silencio, y no lo digo solo porque esté sola en esta enorme hueca casa; provista de muebles pero no de personas. Se oye el silencio porque ni yo me muevo, convertida en una estatua más para decorar en las paredes grises. Y qué ironía, ¿no? Que se oye el silencio. Yo lo siento, ya no como algo que me acompaña, sino que como algo que es, y es que a este punto es algo dentro de mí; una pieza más de esta estatua de sal. Disecada. El silencio es mi único amigo porque es quien se quedó cuando el resto se fue; hasta cuando yo dejé de hacerle compañia. Hasta cuando dejé de disfrutar de él. Pero no se va, es quien siempre está, esperando a que todo se venga abajo. Y ahora, como ya he dicho, es. El silencio es mi vida; o debería decir mi muerte, pues es el único que ahora está conmigo tras esta pared.
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