domingo, 30 de junio de 2019

Adiós

Recuerdo tu última mirada, cuando me decías adiós. Yo en aquel momento no lo sabía, pero era un adiós para mí también. Y no, no hablo de un adiós hacia ti, que también. Hablo de decir adiós a todos aquellos sentimientos que me estaban ahogando de tanta intensidad, de decir adiós a los recuerdos, las costumbres y manías. De decir adiós a tu compañía, tu calor y cercanía. Adiós a llorar entre tus brazos y reír de la mano; a hablarte cuando me pasa algo, ya sea importante o una tontería. Adiós, adiós al amor de mi vida, o a quien creía que lo era. Adiós a quien me hizo sentir completa, adiós a esa parte de mí que te llevaste conmigo. Adiós al aprecio que sentía por ti, la amistad que forjamos y los besos que me has robado; a los momentos apasionados y a cada palabra que te dediqué cuando te abrí mi alma. Adiós, adiós, adiós a todo tú y lo que acarreas contigo; a lo que me has quitado y lo que me has dado. Te lo has llevado contigo y, lo que no, ya te lo doy yo. Te digo adiós hoy porque mañana no tendré el valor; así que, por favor, no vuelvas ahora que me despido. No vuelvas porque lo único que sé decirte a ti es adiós.

Vuelvo a morir una vez más

Son las dos y sigo sin dormir, pensando en ti. Doy vueltas sin cesar y las sábanas caen a mis pies, dejando mi cuerpo semidesnudo al descubierto. El teléfono se mantiene callado en la mesilla de noche; como si ni siquiera estuviese ahí. El cabello se me enreda en los dedos de tanto tocarlo, exasperada. Desesperada. Por oír tu voz de nuevo, escuchar el sonido de un mensaje tuyo o simplemente ser capaz de imaginarte. Pero es que ha pasado tanto tiempo que mi mente ya no es capaz de recordarte exactamente, y me está matando; lo retazos de tus recuerdos me están matando. Demasiado recientes como para llevarlos clavados, pero lo suficientemente antiguos como para poder verlos nítidamente. Y me vuelvo a ahogar en lágrimas que acaban empapando mi alma; me vuelvo a dormir con el corazón encogido a la espera de oír una señal. Pero no llega, nunca llega. Así que me vuelvo a morir una vez más, como cada día que pasa; voy perdiendo partes de mí misma hasta que un día ya no quede nada más.

jueves, 27 de junio de 2019

No dejo de mirarte

A veces me consume el dolor, me hace pensar que no voy a poder salir de él y que simplemente acabará conmigo. Puede que algún día lo haga, pero hoy me tomas la mano, entrelazando tus dedos con los míos y cuando tengo miedo aprietas con fuerza; para hacerme ver que estás justo ahí y que no te irás a ningún lado. Besas mis nudillos aunque están demasiado huesudos y pálidos, tú ni si quiera te das cuenta, tus ojos están fijos en los míos. No se separan ni un segundo de ellos, demasiado asustado de que en cualquier momento desaparezca. No lo haré, no me iré, ¿cómo podría? Si por primera vez me siento en casa, y me ha llevado años darme cuenta de que casa no es un lugar, es con quién estás. Y hoy estoy contigo, al igual que lo estaba ayer, y mañana también lo estaré. Tú no me sueltas la mano y yo no te aparto la vista, y supongo que esa es nuestra forma de ayudarnos el uno al otro, de no dejarnos caer, de amarnos, de apoyarnos. Vigilo tus pasos como si fueses un niño a punto de caer, y tú vigilas mi andar como si fuese una anciana a punto de desfallecer; y supongo que por eso juntos estamos tan bien, porque sabemos lo que necesita el otro; y no es más que simplemente estar. Estoy cuando ríes, cuando lloras, cuando amas y abandonas. Estoy cuando sueñas y no son más que pesadillas, en tus fantasías y en tus cuentos. Y tú no me sueltas en todo el camino. Y yo no dejo de mirarte.

Estás ahí para mí

En la soledad de mi habitación, cuando más miedo tengo, cuando no puedo respirar. Cuando me siento sola y que ya no puedo más; estás ahí para mí. Cuando me despierto cada mañana y me preguntas cómo estoy y cuando me das las buenas noches deseándome dulces sueños. Cuando lloro de tristeza o de dolor, cuando grito de felicidad, en la enfermedad, en el enfado, en la rabia y en lo peor; estás ahí para mí. Me abrazas con palabras de consuelo y de amor, me animas y me arropas, me proteges y me haces sentir todo lo que valgo. Me susurras que me quieres cuando crees que estoy dormida, y lo gritas al mundo cuando estoy despierta. Compartes conmigo tus mejores y peores momentos y, a veces, lloramos juntos; en ocasiones de tristeza y otras de felicidad. Compartes conmigo tu vida, contándome tu pasado, viviendo el presente juntos e incluyéndome en el futuro. Y te escribo hoy no porque te quiera más que ayer, que también, te escribo porque me has vuelto a recordar lo que es el amor, y es que no es más que pura amistad que va más allá, y yo contigo quiero ir hasta ya no poder más. Quiero caer al suelo rendida y que te tumbes a mi lado, quiero que estés ahí para mí una vez más, y yo te demostraré cada día de mi vida que yo lo estoy para ti.

martes, 25 de junio de 2019

Silencio

Me rodea el silencio, y no lo digo solo porque esté sola en esta enorme hueca casa; provista de muebles pero no de personas. Se oye el silencio porque ni yo me muevo, convertida en una estatua más para decorar en las paredes grises. Y qué ironía, ¿no? Que se oye el silencio. Yo lo siento, ya no como algo que me acompaña, sino que como algo que es, y es que a este punto es algo dentro de mí; una pieza más de esta estatua de sal. Disecada. El silencio es mi único amigo porque es quien se quedó cuando el resto se fue; hasta cuando yo dejé de hacerle compañia. Hasta cuando dejé de disfrutar de él. Pero no se va, es quien siempre está, esperando a que todo se venga abajo. Y ahora, como ya he dicho, es. El silencio es mi vida; o debería decir mi muerte, pues es el único que ahora está conmigo tras esta pared.

lunes, 17 de junio de 2019

Gemidos

Caí ante tu mirada, atolondrada, mientras tus manos dibujaban círculos en mi espalda e iban bajando, a la par que cambiaban de rumbo hacia mi barriga, para luego dejarla atrás. Y ahora tus dedos dibujan pequeños círculos sobre la parte de mi cuerpo más mojada, haciéndome gemir. Mis manos acarician tu pecho y van descendiendo, a sabiendas de lo que se van a encontrar al llegar al final. Y no dudan ni un segundo en agarrar la parte de tu cuerpo más dura. Ahora eres tú el que gime, acompasado por mis suspiros mezclados con tu nombre cuando te acompañas de otro dedo, y te escucho decir el mío cuando mis dos manos juegan, traviesas, a acariciar mucho más que tu dureza.

Rencor

Y arruinaste todo una vez más. Pero no, no te creas, ya no me sorprende. Tú no me sorprendes. Puede que en el pasado me decepcionases con tus mentiras y tus falsas promesas, que rompieses mi corazón y me hicieses llorar hasta perder el sentido, pero hoy no. Y mañana tampoco. Ya no queda nada por romper, ni que llorar, porque me has dejado completamente desvalida de sentimientos. O casi todos. ¿Sabes lo que siento? Ira, cada vez que te veo, que te siento. Me arde la garganta de callar lo que te quiero decir, pero tengo que ser más lista que tú. Después de todo dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, y yo pienso devolverte cada lágrima llorada, cada pedazo de corazón destrozado, y no pienso parar hasta que, como yo, lo único que sientas sea este rencor.

La persona indicada

La persona indicada se encuentra frente a mí. Lo sé porque cuando estoy contigo tan solo siento paz, nada de mariposas, ni de nervios. Contigo siento que puedo hablar de cualquier nimiedad y, de repente, abrirte mi alma. Contigo puedo ser yo de una forma en la que nunca antes lo he sido; me siento más plena, más alegre, más yo. Contigo vivo mi presente, planifico mi futuro, y recuerdo mi pasado. Y lo sé, sé que la persona indicada eres tú porque a ti esto no te lo tengo que explicar; ya lo sabes. Y no, no soy una chica que demuestre afecto, ni dedica palabras bonitas; pero a ti te escribo hasta cuando no estoy pensando en ti; en mis textos, en mi poesía. Te escribo en sentimientos porque palabras no me salen para describirte. Te escribo en sensaciones. En la calma, la felicidad. Y tú, sé que eres tú, porque cuando me dicen que escriba sobre el amor, solo pienso en ti.

Juguete

Posaste tu mano sobre mi desnuda espalda, aquella que tantas veces habías acariciado. Pero esta vez, no. Me dijiste que era la última vez, que habíamos llegado demasiado lejos. Que yo quería más y tú, no. Que tú no buscabas a alguien como yo. Así, remarcado, como si yo tan solo fuese alguien con quien estar en la cama, y no fuera de ella. Me dijiste que habías encontrado a otra mujer, alguien que hacía más que ponértela dura, alguien a quien amar. Ojalá en aquel momento se me hubiese ocurrido algo más inteligente que tan solo darte una bofetada, porque aquel dolor para ti fue efímero, pero el que me dejaste tú no se va. Y ojalá, ojalá te hubiese podrido con mi veneno al igual que hiciste tú. Ojalá te hagan sentir como que no vales nada y solo eres alguien más con quien jugar. Y espero que ella lo haga, que te rompa el corazón de la misma forma en la que tú rompiste el mío; que te haga sentir solo, quebrado y destrozado. Y ojalá que tú, después de eso, no levantes cabeza.

Charles

Sinceramente, Charles no sabría por qué había tomado esa calle, y menos por qué está allí a plena luz del día, sencillamente había decidido aquella mañana que estaba harto de estar oculto, que deseaba más; llegar a un nuevo nivel. Siente el metal contra su pierna, frío, letal, preparado. Camina deprisa y algunos transeúntes se apartan cuando ven aquella sonrisa cínica y aquellos ojos desorbitados. Otros, tontos e ilusos, quieren creer que las apariencias engañan, y que no todo aquel que luce mal tiene que hacer daño. Con él se equivocan y, es justamente eso, lo que los salva. A Charles le gusta perseguir a sus víctimas, le gusta sentir su miedo y el pavor que sienten al verlo. Pero, sobre todo, le gusta escuchar cómo gritan cuando sienten el metal clavándose en ellos. Una y otra vez, hasta que los gritos se apagan.

Almendro

El almendro proyectaba luces y sombras sobre lo que antes era suyo. Aquella vida que ya, simplemente, no estaba. Que no está. Y miró una vez más aquel paisaje que se sentía más que eso. Una vida. Y no, no cualquier vida; una vida perdida. Recuerda el día que se marchó de allí, en busca de aventuras, de algo mejor. No había sido más ilusa en toda su existencia, y es que de todos los errores que se pueden cometer, ella cometió todos. Menospreció lo más valioso y por tonta lo perdió. Y ahora camina cada día hasta allí, se sienta bajo el almendro, en unas estaciones en flor, en otras, no; y contempla la estampa de aquella familia en el porche que un día fue la suya y que ahora ya no.

Susurros

Dejé de jugar a la consola cuando sentí una respiración en la nuca que, de inmediato, se cubrió de sudor. Un sudor frío que me bajó hasta la espina dorsal. Me giré y ya no había nadie. Cada vez que intentaba volver a jugar lo sentía, cada vez más cerca, hasta que la respiración ya no estaba en la nuca; estaba en mi oreja, provocándome escalofríos. Me volví una vez más, y esa vez atisbé un rasgo de su piel. A la siguiente, un detalle de la ropa. Y luego del pelo. Así, hasta que logré verlo por completo. Y ojalá, ojalá que no lo hubiese hecho, porque ahora me pregunto cómo es posible estar en dos sitios a la vez. Y por qué me susurro a mí mismo que estoy muerto.

Me gusta

Me gustan largas, como la tuya. Me gusta sentirla contra mí cuando me besas; y cuando la beso. Me gusta que me acaricies, que me desees, que me lo demuestres con cada roce; desde la mejillas hasta la parte más íntima, esa que no enseño a nadie y que solo contigo se abre; cuando dejas pasar por ella más que tu lengua. Me gusta que me cojas en brazos y me hagas tuya. En la mesa, en la encimera, en la silla y en la cama. Me gusta hacerte mío y sentir que tengo el poder, cuando escalo tu cuerpo y te cubro de besos; besos húmedos que se alargan hasta que te escucho gemir mi nombre. Besos que solo paran cuando vuelvo a estar sobre ti, para volverte escuchar gemir. Y para gemir contigo. Me gusta sentir tu respiración entremezclada con la mía cuando me inunda tu calor y sellar el momento con un último beso.

miércoles, 12 de junio de 2019

No es suficiente

Me rompes el corazón en mil pedazos, aunque no dudo que ya estuviese roto de antes, cada vez que me tratas así, que discutimos o que simplemente me hieres. Me rompes el corazón un poco más cuando te disculpas y lo terminas de resquebrajar cuando me doy cuenta de que no lo sientes de verdad. Palabras, todo lo que tienes son palabras; palabras que no cumples, con las que lamentas pero luego no demuestras, palabras vacías y que, para mí, carecen de valor. Márchate, si no vas a hacer bien tan solo ve, lejos de mí, porque yo ya no estoy segura de que me sigan quedando más fuerzas; ni para confiar en ti, ni como para seguir fingiendo que me creo tus mentiras. Estoy cansada de engañarme a mí misma diciendo que mereces una oportunidad más, porque me quieres, y te quiero, sin darme cuenta de que el amor, simplemente, no es motivo suficiente.

domingo, 9 de junio de 2019

Espinas

Tus espinas se me clavan
cada vez que trato de atraparte.
En los dedos; en el alma.

Y aunque me digo que no duele,
lo cierto es que dueles.
En segunda persona. Porque dueles tú.

Y no, no me mires con esa sonrisa,
no lo hagas que tan solo te me clavas.
Hundes tu ponzoña más en mi piel.

Me quiebras, te juro que me quiebras;
por culpa de esos ojos que hablan.
Que me dicen no, yo no sé nada.

Pero es que tu mirada te delata,
todo tu cuerpo lo hace, de hecho;
tus expresiones son tan claras.

Y por más que intento engañarme,
ahora eres tú el que ya no me engaña.
Aprendí tras clavarme la quinta espina.

Y sí, te estoy soltando. Me cansé.
Ya no trataré de retenerte a mi lado;
te aseguro que ni una vez más.

Si te quieres ir, huye. Nadie te frena,
tus espinas me lastimaron por años;
pero te aseguro que ya estoy sanando.

lunes, 3 de junio de 2019

Ojos azules

Nunca me han gustado los ojos azules, siempre he visto algo inquietante en ellos; algo que, simplemente, no sé explicar. Es como si por algún extraño motivo no pudiese confiar en esas personas, me transmiten una seriedad y una frialdad que ni yo logro llegar a comprender. Hasta que vi los tuyos. Azul inconfundible, que ni con el cielo ni con el mar se pueden comparar, tan bonitos que te daría rabia. Me miras y en lugar de sentir frío, lo que siento es que me derrito. Y si me preguntases cómo describiría su color, te diría que es azul cálido, azul hogar. Hogar porque solo entre sus brazos siento que por fin estoy en casa. Y cuando de sus ojos brotan lágrimas te juro que parece que es el Mundo el que está llorando, como si sus ojos lo viesen todo. Y quizá no lo vean, pero yo lo veo a él. Puede que, después de todo, lo que se empañe no sea el Mundo, sino que mis ojos, que lloran cuando llora él.

Error

Pensé que nada iba a cambiar, que podía cometer un error y simplemente dejarlo atrás. Pero no puedo. Me despiertan pesadillas en las historias que me cuento cuando sueño sin estar dormida; y me despiertan cuando duermo de verdad. Cada error es como un monstruo que se hace cada vez más grande, añadiéndose más y más masa; tan enorme que ya no entra en ningún lugar. Y, aun así, me persigue adonde quiera que vaya. Cierro los ojos y está ahí, mirándome. Me observo en el espejo y me devuelve la mirada, con las pupilas muy dilatadas. Ya no puedo comer, ni beber, ni dormir, ni vivir. Y me pregunto una vez más si esto hubiese ocurrido de haberlo parado desde el principio; y seguramente sí, pero posiblemente no.