Una vez libre su sonrisa se me clavó como una daga, yo miré embelesado la herida, sangrante. No dolía, os juro que no dolía, porque teniéndolo frente a mí cualquier dolor desaparecía. Así que saqué el puñal que él mismo me había clavado y se lo devolví con otra sonrisa de ojos vacíos. Tomó mi mano y la apretó, sus uñas eran como clavos rasgando mi piel, pero yo me sentía seguro a pesar del dolor que me afligía. Caminamos por calles desiertas, allá donde no había nadie, porque él no quería que nos viesen juntos. Era por mi propio bien, decía. No me importaba, yo solo quería estar con él. Por eso cuando alguien caminaba en nuestra misma dirección y soltaba mi mano, no me alertaba, sabía lo que venía a continuación. Los gritos, que por qué lo había tocado, que era un maricón y un desgraciado, y las patadas. Hasta que la persona desaparecía. Entonces me besaba y me suplicaba que lo perdonase, y yo lo hacía. Porque lo quería, y porque él solo me estaba protegiendo. Por eso, ahora que estoy libre, sonrío. No sé por qué está llorando, yo me siento muy bien, ya no siento el dolor que antes me provocaba. ¿Quién yace a su lado? ¿Por qué lo abraza, manchado de sangre? Y sé que soy yo. O lo que era yo, al menos. Puede que su sonrisa fuese un puñal para mí, pero, al final, han sido sus puños los que han acabado con mi vida.
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