Tienes esa capacidad tan única de mirarme y helarme y, joder, qué paradoja que seas la única capaz de derretirme también. Y esos andares, esos andares que pueden llevarme a la mejor pasarela de París vestida con un pijama de esos que ya no se llevan, pero que tú haces que parezcan el último grito de moda. Me encanta cuando cantas una canción a medias y rompes todo mi puto mundo en un segundo, con ese tono que hace que se me erice toda la piel. Y es que a ti no hace falta escucharte ni un minuto, ni uno, para saber que tienes ese algo que mucha gente se pasa toda la puta vida buscando y, aquí estás tú, que ni siquiera fuiste a buscarlo. Me matas cuando me hablas y susurras dulces palabras, que si tu canto es una gloria cuando hablas parece que acaba de aparecer frente a mí un ángel. Pero no, no te equivoques, que ángeles hay muchos, pero como tú no hay más que una. Una jodida diosa con cuerpo de estrella que fue a parar a mi puto corazón a tal velocidad que todavía hoy no me recompongo. Si te digo la verdad, creo que nunca lo haré. ¡Pero es que mírate! Que ya entiendo por qué los marineros se volvían locos ante el canto de la sirenas, si tú con batir tus pestañas ya me tienes contra la pared. Y tú eso no lo sabes, no lo sabes porque dejas la canción a medias por miedo, y por inseguridad. Que no vuelas de vuelta a tu cielo porque no te crees que tienes alas, y no luces modelazo por miedo a mostrar si quiera tu piel. Pero cariño, si te vieras como yo te miro, no te volverías a esconder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario