Cien luces iluminan la noche, colmada de estrellas. Tirada en la montaña, en mitad de la nada, contemplo todo. O el todo. Las luces se apagan conforme la gente se va a la cama, hasta que tan solo quedamos yo y todos los locos que sufrimos de insomnio. Tres luces más se apagan y, de repente, ya no hay nadie. Ya no hay quien me acompañe en la lejanía, así que yo también cierro los ojos, a pesar de que las estrellas brillan más que nunca. Y, sin embargo, por mucho que brillen cuando cierro los ojos todas se apagan. Como yo. Dime algo, ¿realmente importa cuánto brilles si no hay nadie que te esté mirando? Así que yo también me apago en una noche oscura llena de luz, que ni veo ni me ven. Me introduzco de lleno en el abismo más absoluto, un pozo sin fondo, a oscuras, esperando a morir de luz en medio de la oscuridad.
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