Me duermo con la certeza de que al despertar lo primero que leeré serán tus palabras; unos buenos días cargados de amor, de felicidad, de un sigo aquí; no me iré. Me duermo leyendo por última vez tus palabras, de aliento, de buenos deseos, de amor. Y sueño con ello, con todas esas cosas bonitas que me dices, con esa hermosa sonrisa que me persigue de noche y de día. Sueño con el mar azul de tu mirada, el fuego de tu cabello y el cielo estrellado de tu cara; con la luz de tu piel y todos los recovecos de tu cuerpo. Con tu mirada, tan celestial y que otras tantas veces me lleva al infierno, perdida en la lujuria de aquel que comete un pecado, y yo soy pecadora, por caer cada noche en tu red. Pecadora por seguirte el juego, y por querer seguir en él. Pecadora por amarte sin límites y fundirme en tu piel, por desearte cuando no debería; porque el amor entre un ángel y un demonio está prohibido, pero a ti te gusta el brillo de mis alas, y a mí el fuego de tu piel.
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