Me pregunté una vez más por qué lo hacía, por qué seguía, después de todo, ¿qué sentido tenía vivir una relación con los días contados? Y, sin embargo, lo tenía. Porque prefería vivir tres días a su lado que una eternidad sin él. Prefería luchar por un imposible en contra de todo pronóstico y, por primera vez, usé los «y si» a mi favor porque ¿y si salía bien? ¿Y si al final los tres días se convertían en tres meses, en tres años, en tres décadas, en tres milenios? Y los peros, esos tan temidos, me cogieron de la mano y me acompañaron porque, ¿pero qué más da? Lo que digan, que pueda no funcionar, que sea difícil. Pero qué más da por intentarlo. Así que me agarré con fuerzas a todo lo negativo y lo volví positivo, porque de verdad creía en nosotros a pesar de todo lo que teníamos en contra. Todavía lo hago, ¿sabes? Cada día, y si nuestra relación tiene los días contados me encargaré de añadirle uno más cada día, hasta que se agoten los días, o se me agote la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario