Dicen los sabios que no puedes salvar a quien no quiere ser salvado, y yo no quiero tu ayuda ni la de nadie. Así que déjalo, porque ni vas a ser más santo por intentarlo, ni más demonio por no hacerlo. Yo no necesito tu ayuda, lo que yo necesito es caer y llorar hasta que me sangre el alma, supurar mis heridas y echarle sal, llorar hasta que queme y yo ya no pueda más. Entonces sí, ven a por mí, en un corcel, o en una moto. Con tus aires de galán que nunca ha roto un plato o con brazos tatuados y ese piercing en la ceja que siempre te ha dado aires de macarra. Sé mi príncipe o sé mi perdición, elige por qué camino llevarme porque yo me dejaré guiar; y si no me quieres salvar húndeme en tu perdición, que la mía ya me la conozco. Pero si quieres ser mi salvación, entonces empieza por hundirte conmigo porque yo no quiero a nadie que me haga olvidarme de mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario