viernes, 23 de agosto de 2019

Llegar a casa

Estoy cansada de tener miedo, de cambiarme de acera y de no poder volver sola a casa. De correr hacia la puerta con el corazón en un puño y suspirar cada vez que llego sana y salva. Estoy cansada de agachar la cabeza y fingir que hablo por el móvil cada vez que me muero de miedo, de enviar una descripción del tipo que no para de mirarme lascivamente porque y si... Y si me hace algo, y si no llego a casa hoy, y si los piropos vulgares se vuelven en caricias atrevidas o golpes feroces. Y si nadie me escucha al gritar, y si nadie es lo suficientemente valiente como para hacer algo al ver esto. Y si dicen que fue culpa mía, por no defenderme contra alguien más fuerte que yo, por no gritar más alto, por haber llevado aquel día un vestido y no unos pantalones, por no haberme puesto chaqueta. Y si el canalla se va, sin ser culpable, y yo me quedo cargando por el resto de mi vida con su viva imagen; porque a veces no sé qué es peor, si vivir con ello o nunca llegar a casa. Pero me gustaría simplemente poder llegar, sin suspiros, sin carreras, sin agachar la cabeza tratando de no llamar la atención, sin tener que cubrirme por miedo, ni cambiar de acera a cada segundo, ni acelerar el paso cada vez que escucho que alguien se acerca. Quiero llegar sana, pero también libre.

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