martes, 24 de septiembre de 2019

Diosa con cuerpo de estrella

Tienes esa capacidad tan única de mirarme y helarme y, joder, qué paradoja que seas la única capaz de derretirme también. Y esos andares, esos andares que pueden llevarme a la mejor pasarela de París vestida con un pijama de esos que ya no se llevan, pero que tú haces que parezcan el último grito de moda. Me encanta cuando cantas una canción a medias y rompes todo mi puto mundo en un segundo, con ese tono que hace que se me erice toda la piel. Y es que a ti no hace falta escucharte ni un minuto, ni uno, para saber que tienes ese algo que mucha gente se pasa toda la puta vida buscando y, aquí estás tú, que ni siquiera fuiste a buscarlo. Me matas cuando me hablas y susurras dulces palabras, que si tu canto es una gloria cuando hablas parece que acaba de aparecer frente a mí un ángel. Pero no, no te equivoques, que ángeles hay muchos, pero como tú no hay más que una. Una jodida diosa con cuerpo de estrella que fue a parar a mi puto corazón a tal velocidad que todavía hoy no me recompongo. Si te digo la verdad, creo que nunca lo haré. ¡Pero es que mírate! Que ya entiendo por qué los marineros se volvían locos ante el canto de la sirenas, si tú con batir tus pestañas ya me tienes contra la pared. Y tú eso no lo sabes, no lo sabes porque dejas la canción a medias por miedo, y por inseguridad. Que no vuelas de vuelta a tu cielo porque no te crees que tienes alas, y no luces modelazo por miedo a mostrar si quiera tu piel. Pero cariño, si te vieras como yo te miro, no te volverías a esconder.

13 de septiembre

Aún recuerdo aquel 13 de septiembre, las hojas estaban empezando a caer, dando así el pistoletazo de salida para el otoño, y el fin del verano. Aunque para nosotros dos nunca se acabó, nunca quisimos darnos cuenta de que estaban cayendo las primeras gotas y de que aquella brisa traía las primeras briznas de frío. Era un adiós. Aunque nosotros no queríamos aceptarlo, claro que no, ¿cómo podríamos? Después de lo que habíamos pasado. Te marchabas en dos días y, lo quisiéramos o no, no nos volveríamos a ver. Al menos, no en un largo tiempo. Demasiado tiempo. ¿Sería, sin embargo, lo suficiente para olvidarnos? Y la pregunta, curiosamente, tiene dos respuestas. Supongo que no, porque yo volví a aquel lugar otro 13 de septiembre y, supongo que sí, porque tú no estabas allí.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Rabia

Me gusta cuando escribes con rabia, ese momento en el que estás tan concentrada en decir lo que sientes que se te olvida el vocabulario que estás usando; o quizá es que te da igual, por una puta vez te da igual el usar palabras bonitas que encandilen a todos y, por el contrario, usas todas esas que te guardas para ti pero que no usas por respeto. Y a quién cojones le importa el respeto, que venga él y controle esta explosión, si tanto le importa un par de palabras mal sonadas. A mí me gusta cuando hablas sin tapujos, claro, cuando odias y no te callas; cuando explotas en palabras que se clavan como dagas en todos esos hijos de puta que te han jodido la vida. Y que ahora vengan y me digan que sus madres no tienen la culpa; pues que sepáis que esas personas me pueden comer la polla, y sí, ya sé que no tengo; pero que se coman la metafórica. A la mierda las palabras bonitas para expresar toda esta basura que llevamos dentro. Y a la mierda todos los que se ofenden por ello. Yo no me callo, este es mi texto y, si te quieres quejar; hazlo en el tuyo. Eso sí, no me lo mandes, porque al igual que tú; me importa una mierda.

martes, 17 de septiembre de 2019

Sé mi príncipe o sé mi perdición

Dicen los sabios que no puedes salvar a quien no quiere ser salvado, y yo no quiero tu ayuda ni la de nadie. Así que déjalo, porque ni vas a ser más santo por intentarlo, ni más demonio por no hacerlo. Yo no necesito tu ayuda, lo que yo necesito es caer y llorar hasta que me sangre el alma, supurar mis heridas y echarle sal, llorar hasta que queme y yo ya no pueda más. Entonces sí, ven a por mí, en un corcel, o en una moto. Con tus aires de galán que nunca ha roto un plato o con brazos tatuados y ese piercing en la ceja que siempre te ha dado aires de macarra. Sé mi príncipe o sé mi perdición, elige por qué camino llevarme porque yo me dejaré guiar; y si no me quieres salvar húndeme en tu perdición, que la mía ya me la conozco. Pero si quieres ser mi salvación, entonces empieza por hundirte conmigo porque yo no quiero a nadie que me haga olvidarme de mí.

Efímera

¿Alguna vez te has parado a pensar en lo efímera que es la vida? A veces me paro a pensar en aquella vez que mi cabeza quedó sumergida bajo el agua en una piscina que parecía no tener escapatoria, en cómo la vida se me escapaba a cado segundo que seguía sumergida, sin ayuda, empujando a quien me mantenía hundida; y en el puto trauma que aquello me creó, los días, meses y años que no tuve ovarios de meter la cabeza bajo agua y en cómo todavía hoy me da pánico cuando alguien intenta hundirme en el agua, o en cómo no tengo narices de adentrarme en el mar porque siento una presión en el pecho a cada brazada que doy ante la posibilidad de volver a ahogarme y que, de nuevo, nadie venga a rescatarme, que tenga que salir sola y autosalvarme. Se me viene a la cabeza aquel puto accidente de tráfico que estuvo a punto de llevarme por delante, aquella máquina que me machacó las piernas hasta que me caló al hueso y los tres meses que pasé sin poder caminar. Y aquella puta vez que tan obsesionados con otras cosas se olvidaron de aspirar aquellos líquidos que mi pobre cuerpo no podía tolerar. Una vez más me volví a salvar yo. Pero no paro de darle vueltas a qué hubiese pasado, si aquel fuego se hubiese acercado más, si el accidente se hubiese producido un minuto después, si me hubiese desmayado antes de empujar una vez más para salir del agua. Y en que, quizá, hoy no me vería con la fuerza de voluntad suficiente para salvarme.

Una noche oscura llena de luz

Cien luces iluminan la noche, colmada de estrellas. Tirada en la montaña, en mitad de la nada, contemplo todo. O el todo. Las luces se apagan conforme la gente se va a la cama, hasta que tan solo quedamos yo y todos los locos que sufrimos de insomnio. Tres luces más se apagan y, de repente, ya no hay nadie. Ya no hay quien me acompañe en la lejanía, así que yo también cierro los ojos, a pesar de que las estrellas brillan más que nunca. Y, sin embargo, por mucho que brillen cuando cierro los ojos todas se apagan. Como yo. Dime algo, ¿realmente importa cuánto brilles si no hay nadie que te esté mirando? Así que yo también me apago en una noche oscura llena de luz, que ni veo ni me ven. Me introduzco de lleno en el abismo más absoluto, un pozo sin fondo, a oscuras, esperando a morir de luz en medio de la oscuridad.

viernes, 13 de septiembre de 2019

¿Es que no lo entiendes?

¿Es que no lo entiendes? Que me dueles, pero más me duele la idea de perderte. Que lloro cuando me haces daño, pero nada se compara a lo que lloro cuando pienso que me vas a dejar. Que no quiero que te vayas, quiero que me quieras, que te quedes; quiero que me demuestres que estaba equivocada, que puedes cambiar. Quiero que me elijas cada día y que luches por los dos en lugar de huir cada vez que las cosas pintan mal. Quiero que borres cada inseguridad de mi cabeza y que me hagas escogerte, que me olvide de las veces que te he perdonado y que no me hagas tener que volver a perdonarte. ¿Es que no lo entiendes? ¿De verdad? Que yo solo quiero quererte y que me quieras, que luches por mí y no te rindas, que no dudes y, de nuevo, que me quieras.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Lo que él se llevó

Me miré y me odié, odié aquel reflejo que el espejo me enviaba y cada foto que la cámara tomaba, entonces me pregunté si realmente luzco así; y me di cuenta de que sí. Y quién narices iba a quererme, si ni yo misma era capaz de observar mi propio rostro, ni de mirar aquel cuerpo; mucho menos sostener la mirada a aquellos ojos tristes. Y entonces llegó él, que me dijo que era bonita, y yo, con miedo a que se fuese, me lo creía. Pero para creérmelo tenía que mantenerlo a mi lado, y me asustaba tanto dejarlo ir porque ¿qué pasaba si ya nadie nunca más me quería? Y no importaba, no importaba que yo no lo quisiese, solo tenía que complacerlo y ya nunca más estaría sola. Lo que no sabía es que sola es como me sentí con él, al perderme a mí, y al dejarlo me recuperé; pero una parte de mí siempre la tendrá. Aquella en la que sentí que yo no valía, que me tenía que conformar, que las chicas como yo no tenemos elección. Hoy vuelvo atrás y siento aquel dolor, y me pregunto otra vez si aquella chica sigo siendo yo, si tal vez él aquella parte no se la llevó y, a mi pesar, sigue estando conmigo.

Te di todo de mí

Te di todo de mí, cuando estabas triste, feliz, enfadado, nostálgico. Te apoyé en mis días buenos y malos, porque no se trataba de mí, sino que de ti. Te di el cien por cien de mí, me impliqué al máximo y estuve ahí para ti todo cuanto necesitaste. ¿Dónde estás ahora tú, que te necesito yo a ti? ¿Por qué vuelves todo hacia ti? ¿Por qué tienes que ser siempre el centro, la víctima, por qué te tengo que hacer sentir bien? Por qué hacerlo cuando me destrozas con tu actitud, cuando me haces sentir que mis problemas no son tan importantes, ni yo merezco tanta atención. Por qué hacerlo cuando tú me das, con suerte, el cincuenta por ciento de ti, cuando piensas más en ti que en mí; mientras que en mi cabeza tan solo resuena tu nombre cuando quien necesita ayuda eres tú. Y supongo que lo hago porque, al igual que con el resto, das lo mismo que ellos, y ya me acostumbré a que nadie dé por mí tanto como yo.

martes, 10 de septiembre de 2019

Días contados

Me pregunté una vez más por qué lo hacía, por qué seguía, después de todo, ¿qué sentido tenía vivir una relación con los días contados? Y, sin embargo, lo tenía. Porque prefería vivir tres días a su lado que una eternidad sin él. Prefería luchar por un imposible en contra de todo pronóstico y, por primera vez, usé los «y si» a mi favor porque ¿y si salía bien? ¿Y si al final los tres días se convertían en tres meses, en tres años, en tres décadas, en tres milenios? Y los peros, esos tan temidos, me cogieron de la mano y me acompañaron porque, ¿pero qué más da? Lo que digan, que pueda no funcionar, que sea difícil. Pero qué más da por intentarlo. Así que me agarré con fuerzas a todo lo negativo y lo volví positivo, porque de verdad creía en nosotros a pesar de todo lo que teníamos en contra. Todavía lo hago, ¿sabes? Cada día, y si nuestra relación tiene los días contados me encargaré de añadirle uno más cada día, hasta que se agoten los días, o se me agote la vida.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Ángel y demonio

Me duermo con la certeza de que al despertar lo primero que leeré serán tus palabras; unos buenos días cargados de amor, de felicidad, de un sigo aquí; no me iré. Me duermo leyendo por última vez tus palabras, de aliento, de buenos deseos, de amor. Y sueño con ello, con todas esas cosas bonitas que me dices, con esa hermosa sonrisa que me persigue de noche y de día. Sueño con el mar azul de tu mirada, el fuego de tu cabello y el cielo estrellado de tu cara; con la luz de tu piel y todos los recovecos de tu cuerpo. Con tu mirada, tan celestial y que otras tantas veces me lleva al infierno, perdida en la lujuria de aquel que comete un pecado, y yo soy pecadora, por caer cada noche en tu red. Pecadora por seguirte el juego, y por querer seguir en él. Pecadora por amarte sin límites y fundirme en tu piel, por desearte cuando no debería; porque el amor entre un ángel y un demonio está prohibido, pero a ti te gusta el brillo de mis alas, y a mí el fuego de tu piel.