domingo, 22 de marzo de 2020
Una historia de Shakespeare
Te dejé marchar a sabiendas de las consecuencias que aquello me iba a acarrear, pero tenía que hacerlo. Alguien tenía que ser fuerte y ese alguien fui yo. Al principio te dolió a ti y me pintaste de villana, sin saber que la nuestra era una historia de Shakespeare en la que por fin uno de los dos sobrevivió. Te dolió, y me doliste. Tú y tus palabras hirientes, hechas para desgarrarme. Y te dije que no, mil veces no; hice como que no me afectaba y continué hacia delante. Al final tú me olvidaste y con ello se acabó tu dolor. Yo, en cambio, quedé atrás lamiéndome heridas que sé que de ninguna forma van a sanar, y es que por más que trato de avanzar por algún motivo siempre acabo dando vueltas en círculos. Espero que estés bien y que, algún día, te des cuenta de que los verdaderos héroes son aquellos que hacen el bien sin esperar a que lo veas.
Odio mi reflejo
De mil formas traté de amarme y en ninguna de ellas logré siquiera acercarme. No hay día en el que me mire y no odie mi reflejo, en ocasiones, hasta la simple imagen me provoca tal angustia que no soy capaz de hacerme ver por ningún lugar. Me encierro, y no es solo mi cuerpo el queda en cuatro paredes. Mi mente empieza a perderse también, se funde entre tanto pensamiento. Me repito que da igual, que a nadie le importa. Pero a mí sí que me importa. Tratan de animarme con palabras de aliento que acabo extinguiendo tras pocos intentos. Me dejan en paz, claro, ¿para qué se iban a quedar? Si al final todos sabemos que lo que yo digo es verdad.
sábado, 14 de marzo de 2020
Poesía erótica
Odiaba escribir poesía erótica, pero estar con ella era como la mejor fantasía sexual cumplida. ¿Así que cómo no iba a escribirla? Si su cuerpo era la envidia divina y su rostro el de un diablo vestido de ángel, en apariencia tan santa, en la cama tan bárbara. Siempre llevaba el control, nunca dejaba que la tocara. Y, ¿a quién pretendo engañar? Tampoco me hacía falta, si con aquella boca hacía maravillas, sus manos me tocaban como la mejor sinfonía y cuando dejaba que entrara en ella siempre provocaba la mejor explosión.
Ya es tarde para mí
Ya es tarde para mí. Una última píldora. En realidad, ya ni siquiera sé cuántas van. Dejé de contar tras la décima, pero es que no logro que se calle, esa maldita voz de mi cabeza no se calla. A cada pastilla me da la sensación de que grita más, así que me tomo otra más, con la esperanza de que esta vez sí que pare. No lo hace. No para. No la aguanto más. Ya no me quedan más pastillas y, cuando intento levantarme para ir a por más, me doy cuenta de que no soy capaz de moverme. Mis párpados caen, pesados, y mi respiración se ralentiza. La voz sigue hablando y, sin embargo, ya no me molesta tanto, no es más que un eco en una cueva enorme que suena cada vez más débil hasta que, por fin, desaparece.
Trincheras
F, esa era la letra que escribían cada vez que un soldado de su bando caía. Ahora estaban en terreno enemigo y cada paso que daban estaban más cerca de morir. Sin embargo, en aquellas trincheras no todo era dolor y terror, cuando el miedo y la soledad se apoderaba de ellos disfrutaban la compañía del otro en los lugares más recónditos y, en lugar de explorar la zona enemiga, se dedicaban a explorar a su compatriota.
Humanidad
Caía dinero del cielo y algunos dirán que aquello era una bendición, pero no. Aquello era el puto banco explotando por los aires mientras el caos se desataba en todo el país. No era el único lugar que había explotado. Hospitales, colegios y centros comerciales; cualquier lugar de concentración de masas había volado en mil pedazos en un intento de librarse del peor virus que habitaba en aquel lugar: la humanidad
Besos
Tengo ganas de verte, de sentir tus brazos alzarme y tus besos recorrer mi clavícula mientras mis piernas se enredan en tu cintura. Tus besos siempre vuelven hacia arriba para susurrarme al oído con esa voz ronca que me revuelve todo que te bese. Y yo te beso, claro que te beso. Te beso cuando me dejas en la cama y tu mano acaricia mi cuerpo hasta llegar a la zona que más te espera y te sigo besando hasta cuando lo único que salen de mis labios son gemidos. Te beso mientras me besas otros labios con tus manos y solo dejo de besarte cuando cambias las manos por tus labios.
Tus recuerdos no me hacen bien
Echo de menos hablar contigo, aquellas horas en las que hablábamos de todo y a la vez de nada, en las que me hacías compañía hasta cuando no te lo pedía, ni necesitaba. Porque así eras tú, estabas sin necesidad de pedirte que estuvieses y llenabas mis silencios y mis llantos con tus besos que siempre me provocaban alegría. Ya no queda nada de aquellos días en los que tan feliz me hacías, ni siquiera tus recuerdos me hacen bien. Ahora me pregunto si pensarás en mí también, o si soy yo la única melancólica que se pasa la noche en vela recordando nuestros buenos momentos y deseando poder volver a ellos.
Perdido
Ya no recuerda cómo ser él, de hecho, ya ni siquiera le sale bien imitar a los demás. Así que ahora, ¿qué le queda? No es capaz de mirarse a sí mismo porque eso supondría fijar la vista en aquellos ojos perdidos que tanto lo asustan. Su reflejo le provoca escalofríos y le da tanto miedo vivir consigo mismo que le encantaría poder dejar de pensar. De verdad, aunque tan solo fuese por unos minutos, pero necesita tanto huir; aunque tampoco sabe adónde. Si se queda pierde y si se va también, no sabe cómo empezar de cero ni cómo volver hacia atrás, las palabras no ayudan y los pensamientos solo son un martirio, así que se ahoga en un mar de dudas sin que nadie lo rescate.
El primer amor
Llevaba ya un tiempo sin llorar, aquello casi que me parecía mentira, después de todo el dolor que todavía seguía dentro de mí. Pero ayer me acordé de ti, fue un instante, tan fugaz que me recordó a una de tus caricias. Y. Me. Rompí. De todas las formas que te puedas imaginar. No, no hablo de los pedazos de mi corazón, ni de aquel llanto devastador con el que me quedé dormida; hablo de recuerdos, esos que parecía que estaba dejando atrás y que me di cuenta de que no. Ahora son recuerdos rotos, como yo, porque soy incapaz de pensar en ellos sin cambiarles el final, así que ya no son recuerdos, son fantasías. Mentiras que me cuento a mí misma para poder dormir.
jueves, 12 de marzo de 2020
No sé si voy a poder volver a amarme
Cuando estaba en mi peor momento decidiste empujarme y hundirme más. Te perdoné, lo hiciste otra vez. Y ahora que por fin estaba empezando a recuperar mi compostura te lanzas a destrozarme una vez más, cuando mi corazón es débil y mi alma frágil, tanto, que con unas palabras has sido capaz de destrozar ambos. Me cuesta levantarme, no voy a engañarte, y lo peor de todo es pensar que después de todo, me lo merezco. Que me merezco que me rompan, que me hundan y me destrocen. Pensar que no me merezco nada bueno, porque yo no lo valgo. Y es triste, pero también es cierto. Ya no hay sonrisas genuinas en mi rostro ni me creo las palabras de otros, estoy encerrada en mi mente con un monstruo que crece con cada pensamiento y con cada palabra. Y no, no me ayudan tus lamentos ni tus disculpas, ¿por qué iba a querer coger la mano de quien me empujó? Por tu culpa siento que ahora es todo el mundo quien me empuja, así que cada te quiero me suena a burla y cada cumplido a algo que se dice sin sentirlo y ya no sé si alguna vez voy a volver a ser capaz de amar, ya no solo a otro, sino que a mí misma.
Mi monstruo interior
Me mira fijamente, observa cada movimiento, detalle y defecto. Su voz grita en mi cerebro las palabras que más me duelen y que me hacen sentir tan pequeña en un mundo tan inmenso. Y me siento completamente vacía, demasiado rota y dolida. Derrotada. Cansada de luchar contra mi monstruo interior mientras otras personas me lanzan los suyos para luego salir huyendo. Me duelen las palabras que dicen y aquellas que callan, las que completo en mi mente. Y esas son las que más duelen. Las más ciertas también, porque son las que más se asemejan a lo que está en mi mente, que me grita que no valgo, que no sirvo, que no soy. Que ni lista, ni guapa, ni amable, ni nadie. Y cuando me dijeron que aquello no era cierto, no dudaron en olvidarme. Así que ya no me lo creo. Lo que hago es dejar salir al monstruo que habita en mí, y ya no sé si me devora a mí o al mundo, lo único que sé es que, al final, va a acabar con los dos.
domingo, 8 de marzo de 2020
¿Quién soy yo?
Hay algo en mí que no me permite ser yo misma, como si una fuerza superior a mí me retuviese contra mi voluntad. No me encuentro bien y, a estas alturas, tampoco logro averiguar por qué. Las noches de insomnio son interminables y el dolor insoportable. Cada día es peor que el anterior, más lento, más tenso, más abrumador. Y yo siento como que estoy a punto de explotar, mi nivel de estrés viaja hasta las nubes y sigue volando hasta llegar al espacio exterior. No hay quien lo controle, no hay quien me controle y, lo único que puedo hacer, es preguntarme quién soy yo. Ya no lo sé. Tengo el corazón destrozado, la mente perdida y el cuerpo maltrecho. Me cuesta expresarme porque ni yo misma entiendo qué es lo que ocurre y por esa misma actitud hago daño, así que me quedo sola. Y lloro. Lloro hasta que me duele la cabeza, el pecho y el corazón. Lloro porque llorar es mi única compañia en estas noches de pena, y por mi yo perdido, ese que me temo que jamás podré recuperar y que tan solo quedaremos esta desdichada alma y yo.
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