Hay días que te arrastran. Simplemente, sin más. Y no hay otra forma de explicarlo, porque es la realidad. Días en los que no te apetece hacer nada, y es preferible que no tomes ninguna decisión; porque definitivamente no sería la indicada. Días en los que no hablas con nadie, y por algún motivo parece que los astros se alinean para que no te hable nadie tampoco. Días que ni si quiera deberían llamarse días, más bien noches, por esa oscuridad que los caracteriza, aunque fuera deslumbre el sol. Llamados noches, porque te hacen reflexionar, y hacen que quieras salir de ti mismo, agotado. Hay días en los que la debilidad es mayor, y no hay cupo para el positivismo. Ni para ti, ni para nadie. Son días en los que tan solo te quieres encerrar. O noches, como se ha acabado volviendo el día. Hay días que deberían durar menos de veinticuatro horas, porque ya con cuatro se vuelven exasperantes, agotadores. Días que deseas que acaben, porque ya no puedes más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario