jueves, 30 de enero de 2020
Ya no me miras como antes
Me pregunto si piensas en mí cada noche, cuando te vas a dormir. Si durante el día mi nombre aparece de repente en tu cabeza o si cualquier cosa hace que te acuerdes de mí. Me pregunto si cuando ves mis fotos se te forma una sonrisa en el rostro, si no puedes dejar de pensar en mí. Y supongo que antes sí, así como supongo que ya no. Al menos no con la misma frecuencia. Ya no me hablas como antes, de hecho, ya ni siquiera me miras como antes y, sinceramente, eso es mucho decir. No pones el mismo empeño en estar conmigo, ni te esfuerzas en las pequeñas cosas por las que antes se te iba la vida. Me siento alejada de ti, como si ya no te importase y, si te digo la verdad, eso duele. Ya no me escribes como si fuese única, me miras como si fuese importante ni me tocas como si fuese especial. De hecho, a veces siento que estás ausente a mi lado, que ya ni siquiera te percatas de mi presencia. Y, a decir verdad, me quema. El que ya no me quieras como antes me quema. Quizá, con suerte, me harás cenizas con tu fuego y, al volar, llegaré hasta alguien que me mire de la misma forma en la que me mirabas tú antes.
lunes, 27 de enero de 2020
Sin miedo a vivir
Pisas fuerte, sin miedo a vivir.
Sí, a vivir, no a morir,
porque morir sabemos todos,
pero, ¿vivir? Eso no.
Pisas tan fuerte que se quiebra,
lo que pisas se rompe,
en mil pedazos que se esparcen,
¿lo ves? Soy yo.
Lo que pisas, sí, se trata de mí.
Por favor, levántalo,
levanta el pie de una maldita vez.
¿No me escuchas?
Supongo que no, porque ahora vuelo.
Qué raro es morir,
siento que ya no siento nada de nada.
¿Acaso tiene sentido?
Y diría que sí, definitivamente es un sí,
porque viví por ti,
morí por ti, y ahora ya no me queda nada,
¿vendrás a por mí?
Aquí te estaré esperando, mi perdición.
Estoy volando,
tan, pero que tan alto, que voy a caer.
¿Esta vez me vas a atrapar?
¿Si vieses a alguien a punto de ahogarse le dejarías morir?
Siento que te estás alejando, exactamente como todos los demás. Siempre empieza igual, la misma historia que se repite una y otra, y otra vez. Te encuentro, completamente roto, solo; y yo me lanzo a buscarte como si se tratase de mi mismísima vida la que tengo que salvar. Te aferras tan fuerte a mí que tus uñas me dejan heridas, aunque me da igual, porque lo único en lo que puedo pensar es en salvarte. Te cuido, te animo, te doy mi tiempo y mi ser y, con cualquier recaída, me lanzo a salvarte otra vez. Así, cada día, cada minuto, cada segundo de mi vida. Me desvivo por ti, porque tú estés bien y consigas vivir sin mí. Claro que, estúpida de mí, eso significa que de hecho puedes vivir sin mí. Supongo que soy incluso más estúpida por pensar que, aunque puedas respirar sin aire, seguirás usando tus pulmones. Lo cierto es que no, me lanzas lejos ahora que ya no me necesitas y, cuando te necesito yo, me dejas. Me dejas vacía porque te he entregado cada parte de mí para que puedas vivir, y qué irónico que tú te dedicas a recolectar todo aquello que te interesa de todo el mundo. De mí, por supuesto, no; porque de mí no queda ya nada. Así que te esfumas por completo, y yo me quedo atrás completamente rota, sintiendo que ya jamás me voy a volver a sentir completa, hasta que lo hago, y vuelvo a perderlo todo por alguien como tú. Me dices que no sea estúpida, que sea egoísta, que mire por mí y solo por mí, que reparar a gente rota implica destrozarme a mí. Supongo que sí, que tienes razón. Pero, dime algo, ¿si vieses a alguien a punto de ahogarse le dejarías morir? Porque yo no, y no podría vivir con la idea de que ni siquiera lo intenté; y si tengo que morir ahogada al menos que sea por ir a salvarte, incluso si tú no me salvarías a mí.
Aquí solo hay vacío
Me duele, hay algo que me duele y no sé lo que es. No logro averiguar de qué se trata, pero me mata, te juro que me mata. Tengo un dolor en el pecho que me sobrecoge, que me asfixia, y no puedo dejar de llorar. Ya no sé ni por qué lloro, supongo que lloro hasta por lo que no me toca llorar. Siento que me estoy quebrando y que no puedo aguantar más, que me hundo en un precipicio sin fin. Grito por auxilio, grito tu nombre, alto, fuerte, tanto que me duelen los pulmones y me desgarro la garganta; pero tú ni te asomas, me dices que es una simple caída y no le das importancia. Me estoy ahogando y, como malgasté mis últimos gritos en pedirte ayuda a ti, ahora estoy sola. Está tan oscuro y hace tanto frío. Ya ni siquiera lloro, se me han secado los ojos y a causa de eso a veces veo borroso. Al fin he llegado a lo más profundo, el lugar donde ya no se llora, porque no se siente. Aquí solo hay vacío, y me da miedo, me da miedo porque, cuando caes a lo más hondo, ya no hay nada que perder. Y si no tengo nada que perder, ¿para qué esforzarme en ganar? Si, de todas formas, tampoco puedo salir de aquí, ni tengo a nadie a quien le importe lo suficiente para venir a buscarme. Así que me quedo aquí, sola y completamente vacía, quebrada; un despojo que solo sobrevive porque ya no sabe cómo vivir.
sábado, 18 de enero de 2020
Me encierro una vez más
Me encierro una vez más tras las murallas que vuelvo a construir, esas que una vez destruí pensando que jamás volvería aquí. Me equivoqué, lo sé, siempre lo hago. La gente dice que tengo la tendencia a creer que tengo la razón en todo, y no podrían equivocarse más. Me equivoco hasta cuando no lo hago, porque la inseguridad me arrastra a pensar que es así. Intento pretender que no soy así, que creo en mí, y parece que el papel funciona, debo ser muy buena actriz porque todos me creen. Todos, claro, menos yo. Al corazón no se le puede engañar, mucho menos cuando es este mismo el que late acelerado por el miedo a cada instante. Y ya estoy cansada, de sufrir, de fingir. No quiero salir de aquí, ni aunque eso signifique no poder volver a salir. Me gusta mi fortaleza en la que nada puede hacerme daño, donde solo estamos mis pensamientos y yo; aunque, ahora que lo pienso, es un arma de doble filo. A fin de cuentas, no hay nada más peligroso que conocerse a uno mismo.
domingo, 12 de enero de 2020
No sé si te quiero
No quiero hacerte daño, pero el otro día, mientras estábamos abrazados, pensé que no te quería. Se me vino a la cabeza sin más, y no estoy segura de a qué se debía, ¿se deja de querer a alguien de un momento a otro o es que en realidad nunca se le ha querido? Y me asusta no saber la respuesta, si se trató de un momento de pura locura o es que mi mente finalmente se despejó. Pero no te quería. Y, si te soy sincera, todavía no sé si te quiero. Me duele dolerte y por eso mismo me callo, aunque más me duele mentirte en silencio. Y es que sí te quiero, te quiero, sí, pero ¿cómo te quiero? Y es que creo que no es como tú me quieres, como debería quererte. Me duele hacerte esto, y hacérmelo a mí también, porque en el fondo creo que sí te quiero. Al menos lo suficiente como para llorar por ti, por tener que decirte esto; que te quiero, pero no te quiero.
viernes, 10 de enero de 2020
Familia
Me dijeron que era para toda la vida, lo único que nunca te iba a fallar, que siempre iba a estar ahí. Lo único que me dijeron fueron mentiras. Se equivocaron, o al menos conmigo. Entre peleas y discusiones interminables por culpa del maldito orgullo que nunca nos dejó decir «lo siento» acabé huyendo. Sí, me fui. Y qué queréis que os diga, ojalá no tener que volver jamás. Ya no tengo que aguantar falsas palabras de amor, malas caras, engaños, discusiones ni estafas. No más puñaladas que se perdonan por el simple hecho de tener la misma sangre, ni llantos desesperados en mitad de la madrugada. Se escribe familia, pero la definición se la doy yo; y te aseguro que en ella solo entra quien diga yo.
Luz en la oscuridad
Me cuesta ver más allá del hoy, de lo que me rodea, de lo que hay en mí. Cierro los ojos y todo está oscuro, no hay luz ni en mis sueños; quizá es porque son pesadillas. Cuando los abro es peor, lo cierto es que me asusta la realidad. Me asusta ver la verdad escrita en cada mirada de decepción, cada fracaso, cada metedura de pata, cada maldito defecto de mi piel, y fuera de ella también. Me ahoga saber que no soy suficiente, que no valgo la pena, que no voy a conseguir nada. Que todo va a seguir igual. Y ya no soy capaz de respirar entre tanta oscuridad, me asfixio a cada segundo que pasa. Ya no puedo más. Yo tan solo pido un poco de luz en la oscuridad. Una brizna de aire que haga funcionar a mis pulmones. Alguien que me anime, que me ayude a salir de este pozo oscuro, que me haga ver que yo también puedo soñar.
Amor a distancia
Hablan de amor como si comprendieran lo que sentimos tú y yo. Hablan de números, de infidelidad, de desconfianza. Hablan sin saber lo que es amar. Creen que el amor se mide en los días que paso tocando tu piel, en los centímetros que nos distancian al uno del otro. Como si el amor se tratase de números y medidas, ¿no es acaso algo intangible? Cómo es, pues, que todos saben tanto de sus medidas, si lo llaman incontable, abstracto. Y, sin embargo, siguen hablando de imposibles y mentiras, hablan de ti y de mí, de cómo no puede ser porque existe la distancia. ¿Os lo podéis creer? Que una palabra, una maldita palabra, haga que nuestro amor sea imposible, inconcebible e incomprensible. Alguien me dijo una vez que las palabras tienen el valor que queramos darles, y a mí me gusta el nuestro. Me gusta nuestro sentido del amor, de que creamos, confiemos y respetemos. Sobre todo, me gusta que ignoremos. Y que nos amemos.
Arde
Camino sola por el sendero de la vida, que se complica a cada giro. De ti solo quedan cenizas. Ardiste en una fogata que tú misma prendiste al quebrar nuestra amistad, resulta que solo eras leña caída que ardía muy bien. Y yo lo comprobé. Saltaban chispas cuando estábamos juntas, pero no, no todas las chispas tienen que ver con el amor. Las tuyas eran el tipo de chispas que hacían arder un bosque entero por meses, del tipo que causaban daños irreversibles, que destrozaban cosechas, casas, fauna y flora. En mi caso, destrozaste mi corazón. Así que arde, arde, arde todo lo que quieras, que toda la leña tarde o temprano se consume y la ceniza es molesta, pero lo bueno es que con un soplo de viento se va.
Un beso de tus labios
Aunque te parezca mentira, sueño con un beso. Un beso de tus labios, en cómo sabrán; si dulces o salados como el mar. En qué lugar me besarás, cómo será. O si quizá seré yo quien te lo dará. No, qué va, eso sé que no va a pasar. Sueño despierto porque la simple idea de hacerlo realidad me hace temblar; llámame cobarde, dime que no tengo valor, que yo ya sé que es verdad. Me recorre un escalofrío de los pies a la cabeza de pensar que me vas a rechazar, que lo voy a hacer mal, que no te va a gustar. Que simplemente no quieres que alguien como yo se acerque a ti y, seamos realistas, ¿cómo ibas a poder pensar lo contrario? Si mírate a ti y mírame a mí.
Nunca más voy a sentir frío
Me hundo en lo más profundo del mar, donde el azul se vuelve negro y nadie me puede salvar. No tomo aire antes de saltar y llevo una roca enganchada de la pierna que me arrastra hasta profundidades impensables. Evidentemente sé que voy a morir, que esta es mi carta de despido; pero quiero que sepáis que no lo siento. Que no duele, que ya no me duele. Hace tiempo que el dolor se convirtió en mi mejor amigo, que las sombras no me dan frío y la oscuridad me hace sentir como en casa. Ahora solo hay paz en las partes en las que antes me rodeaba la angustia, la soledad y el dolor. Que ahora ya tan solo queda vacío. Y sonrío, os juro que sonrío, porque sé que allá donde voy nunca más voy a sentir frío.
Serindipia
Bendita tu locura que me hizo encontrarte cuando menos lo esperaba. Con esos ojos café y aquel cabello azabache, jamás pensé que fuese a encontrarte en aquel arroyo aquel día. Lanzada de cabeza buscabas la piedra más bonita de entre toda la porquería. Renacuajos saltaban de un lado para otro mientras tú tratabas de no atraparlos, pero, llámalo destino o casualidad, siempre acababan chocando contigo. Tarareabas una canción de Bruno Mars al ritmo de tu propia melodía y el agua te empapaba la ropa que ya estaba cubierta de barro; aunque a ti todo aquello no te importaba. Te pregunté que qué hacías, y me gritaste, a pesar de que estaba a tan solo dos pasos, que buscabas lo más bonito de aquel lugar. Tenías trece años, yo, catorce; y a pesar de todos los años que han pasado sigo pensando que lo más bonito que había en aquel lugar fue la serindipia que nos unió para siempre.
Solías llamarme ángel
Solías llamarme ángel; decías que se debía a que cada vez que me veías se iluminaba tu mundo, y que eso solo podía ser obra de un ser celestial. Decías que en mi mirada se podían ver años de sabiduría y honestidad, y que por eso te encantaba fijar tu vista en mis ojos. Decías que mi piel era blanca y mi cuerpo delgado porque me faltaba la mayor protección; mis alas. Decías, decías, decías. Siempre decías. Supongo que es lo que tienen las palabras, que vuelan, quizá se fueron junto a mis alas a un cielo al que ya no puedo regresar. Contigo, que si yo vengo del cielo tú fuiste sacado del mismísimo infierno, en lugar de alas te faltaban los cuernos y una cola que se enredaba entorno a mi garganta, como tus garras afiladas que a menudo hoy me hacen pensar que fueron ellas las que me privaron de mi libertad y de mi poder celestial. Yo bajé de mi cielo y tú subiste de tu infierno, yo, por amor; tú, por conveniencia. Pero que no se te olvide que el infierno está en cualquier lugar, y yo me ocuparé de no hacer desaparecer el tuyo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)