domingo, 1 de julio de 2018

Ojos color almendra

Cierras los ojos, no soportando más ese rubor que se extiende por tus mejillas, y que te hace tan bonita. Aprietas con fuerza, pensando que, así, todo desaparecerá. Pero no lo hace; jamás lo hace. Y, entonces, te llevas una mano a tu cabello, sedoso por haberlo cepillado hace tan solo unas horas, que desprende ese olor tan característico tuyo, a coco, y a esa otra cosa que jamás soy capaz de identificar, y que nunca lo haré, porque ese olor te pertenece tan solo a ti y, por más que busque, no lo hallaré. Entonces abres los ojos, esos que te brillan tanto, de vergüenza, pudor. Dios, ¿cómo puedes ser tan bella? Y qué pena, de verdad, qué pena de que tú no te des cuenta. Con esos ojos tan grandes, del color de las almendras, y esos labios que se entreabren, dejando correr tu nerviosa respiración. Con aquella nariz, esa que siempre dices que es demasiado grande, pero que a mí me parece que encaja a la perfección. Y te tomo la mano, con fuerza, porque sé que cualquier cosa que te diga, no te hará darte cuenta de tu belleza; pero quiero demostrártelo, cada día. Porque es el único modo en el que sé hacerlo. Y cuando tus dedos se entrelazan con los míos, sé que, en el fondo, sabe que es preciosa. Solo que todavía no es capaz de verlo.

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