Dicen que me parezco a ti. En mis silencios, cuando la mesa abunda en palabras, en mantenerme callada. Callada, pero atenta, hasta el último detalle, hasta que todos callan, y se posan en mí las miradas. Dicen que yo hablo poco pero que, cuando lo hago, es como si hubiese dicho mucho más que todos los que no callaban. Dicen que mi mirada es la misma que la tuya, a pesar de no ser más diferente. Tus ojos, azules, los míos, marrones. La misma fiereza en ellos cuando hablamos. Esa que hace que la gente nos respete, y se tomen en serio nuestras palabras; la que provoca que nadie nos contradiga. Dicen que tú siempre estabas acompañado de un libro, y que yo también. Que te gustaba aprender, y mantener extensas conversaciones. A mí también. Dicen que cuando hablo, ven tu reflejo en mí. Eso les duele, porque soy el recordatorio de alguien que fue, y que ya no es. A mí también me duele, por no saber si nos llevaríamos tan bien, o si realmente estarías tan orgulloso de mí. Dicen que me cuidas, allá donde quiera que estés. Y yo les digo que yo te pienso desde aquí, guardando tu recuerdo, para no perderte. Porque, de alguna manera, aún siento que estás muy cerca de mí.
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