¿Te acuerdas de cuando éramos amigas tú y yo? Qué tiempos aquellos, en los que me querías. Y yo a ti. Maldita sea, se sentía como si pudiera arder el mundo, que me daba igual. Todo me daba igual si te tenía a ti. Entonces las cosas se torcieron, comenzaste con aquellas tonterías de que tu físico no te gustaba, cuando siempre habías sido simplemente la perfección. Te sentiste mal por aquel chico que te rechazó, aquella amiga que te dejó tirada, y porque nadie te hacía caso. ¡Qué estupidez! Siempre me tuviste a mí. Nunca, ni un solo día de tu vida, me alejé de ti, no podría ni aunque quisiera. Jamás lo haré. Allá donde estés, también lo estaré, aunque no quieras, aunque no lo veas. Y esos complejos tan absurdos, infundados, basados en opiniones ajenas, de gente que no entiende nada, al igual que ellos, no valen nada. Ojalá me escucharas a mí, que soy la única persona que te va a entender de verdad, y querer como nadie lo hará jamás. Que soy tu mejor amiga. Pero no lo haces. Porque un día quisiste dejar mi amistad, olvidarme, encerrarme en un cajón. Y ya era demasiado tarde. Maldita sea, era tan jodidamente tarde para recuperarte. Luché, te lo juro que luché por ti, hasta el último día, pero tú ya no me querías. Estabas tan centrada en huir, en aquellos complejos, y en esas estúpidas personas que no te comprendían, que no se daban cuenta de tu belleza, tanto interior como exterior, que decidiste sacar de tu vida a la única persona que sí que lo hacía. Que te quería, y te querrá, hasta el último día. ¿Por qué, de entre todas las personas, me dejaste a mí? A mí, que soy tú. Me dejaste, como si no te importase nada. Como si tú no fueras nada. Pero por Dios, ¿No ves el daño que nos has hecho? Quisiste dejar de quererte a ti misma, sin darte cuenta de que, al final, solo quedaríamos tú y yo. Solo yo te entenderé. Solo yo te querré. Porque soy tu consciencia, tu alma, tu ser. Y solo yo misma te voy a amar tan intensamente. Pero preferiste escoger ser mi enemiga, a pesar de que yo te quiero, y luché porque las cosas volviesen a ser como antes, en la infancia, donde las opiniones externas no te importaban, sonreías, vestías lo que querías, y tenías esa bonita autoestima que te protegía. No pude evitar tu muerte, aquella que llegó después de años de insaciables cortes, y que acabó con nosotras colgadas de una soga. No puedo evitar este dolor que me persigue cada día por pensar que pude hacer más por salvarnos, que pude luchar más por nuestra vida. Y ahora ya es demasiado tarde. Ahora, tus labios están morados, y Dios, estás tan pálida. Ya no hay más lágrimas, ni quejidos por la falta de aire. Ahora somos libres. Ya no queda tu cuerpo, ese que tanto te molestó. Ahora solo quedo yo, esta alma que luchará por volver a la vida y por intentar que, esta vez, nos quieras un poco más. Porque esta vez, te juro, que no me daré por vencida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario