Podría hablaros de tantas cosas; de la muerte, el fracaso, el rechazo, la pérdida, el dolor; y, sin embargo aquí vengo yo, a hablaros del amor. ¿Por qué? Me diréis, y la única respuesta que tengo, es porque es lo que siento yo. Para muchos amar es una bendición, a mí más bien me parece una condena. Encadenada a él, que ni si quiera me mira a mí. A él que, de todas las personas, ni si quiera se ha dado cuenta de que estoy amarrada. Cuando lo conocí, me pareció irrelevante. Y hoy aquí estoy, contándote cuánto me duele amarlo. Nos hicimos amigos, de estos que de un día a otro se han formado, y tú ni si quiera te puedes hacer una idea de cómo. Lo único que sé es que, de un día para otro, éramos inseparables, al punto de que a mí, me parece insano. Me parece insano que si, un día no hablo con él, no pueda sacarlo de mi cabeza, pensando en si estará bien, con quién estará, o si él también estará pensando en mí. La respuesta, a esto último, evidentemente es no. No, porque en estos meses de dura condena le dije que lo amo. Y me dijo que él a mí no. No, al menos, de esa manera. Que solo soy una amiga para él. Que es inconcebible la idea de verme de otra manera. Y a mí me estalla el corazón de tanta pena, de decirle que ante todo, quiero su amistad, que no quiero que las cosas cambien entre nosotros. De fingir que no me duele cuando me habla de otros, y el que nunca podré estar con él. Lo mío es un romance prohibido en todos los sentidos, por mí, por estar tan lejos; y por él, por no amarme a mí. Y que sí, que yo lo sé, que aunque fuese correspondido no tendría ninguna oportunidad, que es mejor así, porque al menos me puedo obligar a olvidarlo, y de ser devuelto la pena sería mayor; pero es que duele tanto. De verdad, amarlo duele tanto, que a veces siento que yo misma me he hecho trizas el corazón. Por haber encontrado a la persona perfecta, con la que querría compartir cada día de mi vida, y darme cuenta de que no podría estar más equivocada. Como siempre me pasa. ¿Y de qué me sorprendo, en realidad? Si a mí, lo bueno, nunca me pasa. ¿Cómo he podido ser tan ilusa de pensar que alguien me podría amar a mí? Y mucho menos él, que de entre todas las personas que conozco, se merece algo mucho mejor que yo. Y he intentado olvidarlo, te juro que sí. He fijado muros en mi corazón, he llorado lagos completos y me he dicho ya basta. Una vez detrás de otra, tratando de callar a mi corazón, ese que tanto ladra. Pero no. Y le dije, le dije que ya no le amaba, una mentira como una casa; porque la tonta que se lo creyó, fui yo. ¡Ja! A quién se le ocurre pensar que ya lo había superado, si a personas como él no se olvidan, se llevan en el corazón toda la vida. Tonta de mí, y de mi corazón, por pensar lo impensable, por engañarlo a él, y a mí. Pero qué más da, mejor así, ¿no? Que se piense que ya no lo amo, y librarlo de esa angustia de pensar que me hace daño. Mejor sufrir en silencio, por el hombre al que amo, con la esperanza de que, algún día, todo pasará. De levantarme sabiendo que ya no lo amo, de que puedo ser la amiga que se espera que sea, y no me dedique a fingirlo. Porque de verdad, quiero ser quien él desea, pero me duele ser tan poco, cuando yo quiero ser tanto. Me duele tanto amarlo.
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