Frío. Últimamente es la sensación que más me acompaña. Recuerdo sus ojos, del color del hielo, y su piel que se asemejaba a la nieve. Su mirada, tan helada como su color, me volvía plena escarcha. Su roce, a mí, me ponía los vellos de punta. Me provocaba escalofríos. Por eso, te puedo asegurar, que todo él era frío. Su voz, distante, como si estuviésemos en una cueva y él me hablase a través del eco. Su sonrisa, blanca, cortaba la tensión en el ambiente. Pero él nunca sonreía. No, jamás lo hacía. Recuerdo tenerle miedo. Porque sus palabras cortaban más que el mejor de los aceros, y ni el cristal más afilado se clavaba tan bien en mi piel que sus uñas. Recuerdo querer gritar. Pero, de nuevo, frío. Como si me hubiese congelado, y fuese una estatua de hielo, que lo ve todo, pero sin poder reaccionar. Y, sin embargo, yo estaba ahí, atrapada. Viendo sin ver. Sintiendo sin sentir. Con heridas que traspasaban el hielo y que me quebraban el alma. Y el cuerpo, por desgracia. Recuerdo que el primer golpe solo me quitó un poco de escarcha. Se lo agradecí, me lo merecía, y así, al menos, obtendría un poco de su calor. Me equivoqué, eso tan solo me hizo sentir más frío. Recuerdo sus dedos, tratando de tocarme, y yo, alejándome. Sus puños cerrados en mí, como cadenas, que no se pueden romper. Y su lengua, contra la mía, a mi pesar. Es como cuando, de pequeño, pegabas tu lengua al hielo, y ya no la podías despegar, y los dos primeros minutos te hacía gracia, pero cuando llevabas diez, te daban ganas de llorar. Y querías que te lo quitasen, que te separasen. Yo me sentía así, atrapada, con mi lengua pegada al hielo, congelándome hasta mi ser, pero sin nadie que me ayudase a despegarme. Yo no me pude separar del hielo, pero lo hizo él de mí, no, sin antes, entrar en mi ser. Recuerdo sentir la quemazón del hielo, como cuando te arrastras desde lo alto de una colina apoyada en él, hasta abajo. Porque sí, el hielo también puede quemarte, y él me quemaba cuando estaba dentro. Cuando salía, era como si cayese de lleno en un estanque de agua congelada. Sus garras me habían dejado marcas, moradas, para acompañar a los colores fríos que se respiraban en esa casa, a la que yo llamaría iglú. Recuerdo que, un día, su hielo quebró tanto en mí que se me vieron hasta los huesos. Y eso era bueno, porque el blanco, era nuestro color. Se enfadó tanto conmigo, que de sus ojos salieron truenos, que cayeron sobre mí, abrazando mi cuerpo morado. Todo era mi culpa, por no ser de hielo, como él. Yo siempre quise ser fuego. Y el fuego se propaga, no tiene dueño, ni un parámetro. Va por libre. El hielo, no. Y él quería que yo me congelase con él. Al final lo hice. Recuerdo la sensación del agua inundándome, sin dejarme respirar. Bien, porque el agua, se convierte en hielo. Podría ser hielo. Y mis labios, que siempre habían sido tan rosados, cobraron el color morado. Mi piel, que nunca había estado cerca del color de la nieve, ahora se asemejaba más que nunca, ¡y mis ojos, dados vuelta, estaban blancos! Oh, mi frío amor, que me contemplas con las manos empapadas, llorando, ¿por qué lloras, mi amor? Querías que fuese hielo, y ahora lo soy. Una estatua para toda la eternidad, que por apagar mi fuego, apagaste hasta mi corazón. ¿Por qué te cuelgas, pues? ¿Es que también quieres ser hielo hasta la eternidad?
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