lunes, 31 de agosto de 2020

Último adiós

Te cuelas en mis pensamientos cuando menos me lo espero; te escondes en recovecos en los que no esperaba encontrarte. Una canción que hacía meses que no escuchaba, un libro que me he comprado finalmente, un aroma inesperado, una comida placentera. Y, entonces, allí estás. Todavía conservo nuestras fotos, pero es en mi mente donde mejor te encuentro, allí es el único lugar en el que todavía estamos juntos. Donde no me defraudas, y me quieres, me cuidas, me respetas. Un lugar en el que los te echo de menos se dicen tras un largo día separados, y no son palabras estancadas en la mente después de meses sin vernos. No sé nada de ti, he intentado borrarte de mi vida deliberadamente y todo el mundo dice que es lo mejor, pero algo en mi interior me grita que se equivocan. Y que tú eres para mí. Sin embargo, llega la noche, como ahora, y me doy cuenta de que una vez más no me has escrito. Otro día sin que te hayas preocupado por mí, a pesar de saber el malestar en el que me encontraba. Vuelvo a recapacitar y darme cuenta de que merezco algo mejor, alguien que, cuando me hunda, me ayude a levantarme, en lugar de echarme tierra encima. Así que si estás leyendo esto quiero que sepas que sí, que sigo enamorada de ti, y que me duele tu pérdida. Pero más me duele todo lo malo que me has hecho sentir. Así que espero que seas muy feliz, y que lo hagas sin mí. Porque yo me merezco más, mucho más, aunque todavía no lo sienta así. Tú ya has pasado página, y me alegro por ti; a mí todavía me queda un buen rato, quiero apreciar un poco más nuestra historia, siempre me ha resultado difícil superar las cosas. Así que perdóname si me quedo un poco más por aquí y si, en este tiempo, mancho las páginas con mis lágrimas. Todavía me duele demasiado y, sin embargo, sé que hoy me duele más de lo que me dolerá mañana. Si me preguntas en unos días, semanas o meses puede que ya no sienta nada. Así que guarda estas palabras, porque es muy posible que sean las últimas que te vaya a dedicar jamás. 

viernes, 21 de agosto de 2020

Tu aroma

Me encanta la fruta, siempre has sabido que es mi sabor favorito en cuanto respecta al olor de tu piel. Olores que saboreo con el tacto de nuestras pieles, donde los sentidos se mezclan tanto que es imposible saber qué ocurre en cada momento. Solo sé que te quiero para mí. Que nos unamos como tantas otras veces, donde solo se grita de placer. Me encanta que, cuando nuestros cuerpos dejan de ser uno, mi piel adquiera tu aroma afrutado y que me obligues a quitármelo a gemidos bajo el agua. Lugar en el que nos unimos incontables veces a sabiendas de que, cuando te marches, tu aroma, a pesar de todo, va a seguir impregnado por toda mi piel. 

Hechos y palabras

El ruido de la ciudad no me parecía suficiente, allí era capaz de escuchar mis pensamientos tan alto que temía que, de un momento a otro, te fueses a aparecer ante mí. Cuando comencé a amarte jamás pensé que acabaríamos así. Tú, tan indiferente, después de haber gritado a los siete vientos tu amor por mí. Yo, tan dolida, tras haberme reservado lo que sentía por ti. Y es que, al final de todo, a las palabras no se las puede atrapar. Dice más quien habla con hechos que con palabras, y tú tenías mucho de lo segundo, pero muy poco de lo primero. Yo, tonta de mí, prefería escribirte con actos de amor que te negabas a ver. Así que ahora no me queda nada. Porque tus palabras se esfumaron contigo, efímeras, como tus promesas de amor. Y mis actos acabaron machacados junto con mi corazón. 

Bailamos por última vez

Aquel día bailamos felices, sabiendo que aquel era el primer día del comienzo de nuestra nueva vida. Bailamos el vals rodeados de las miradas de cariño de todos aquellos que habían sido importantes a lo largo de nuestra vida. A sus ojos éramos la viva imagen de la pura felicidad, ¿y por qué no íbamos a serlo? Si allí, juntos, habíamos dicho que sí a toda la eternidad unidos, si había cielo, lo escalaríamos juntos; de haber infierno, rodaríamos abrazados hasta él. Bailamos hasta que nos dolieron los pies, apagaron las luces y no quedó nadie más allí. Bailamos hasta que la noche se hizo día y nos sacaron a patadas. Bailamos hasta quedarnos sin aliento, porque juntos estábamos bailando por última vez, era un canto a la muerte, anunciándole que allí ya habíamos acabado, que nuestro amor necesitaba un segundo nivel. Y, sin embargo, aquel Dios extraño me dijo que en el cielo solo quedaba un lugar, y que te pertenecía a ti. Me dejó en vida, en el infierno, amándote hasta que las puertas se abran de nuevo para mí. 

Parecía que el sol le perteneciese

La sangre formaba ríos escarlatas por toda su piel, si la mirabas, ya no podías apartar los ojos de ella. Parecía que el sol le perteneciese, porque estaba allá donde ella pisara. Cuando se sumergía en el agua parecía que una estela la persiguese, porque podías intuir todo un camino de luces escarlatas, como si quisiese que todo el mundo la viese. Y puede que así fuese. Nunca se preocupaba por si la seguían, porque de alguna manera sabía que todo el mundo haría lo que ella quisiese, ¿y por qué no lo harían? Si cuando sus ojos se posaban en ti te permitían entrar en un mundo celestial que ni el mismísimo infierno sería capaz de atrapar jamás. Allí, con ella, simplemente te sentías a salvo; y no hay mejor sensación que sentir que has encontrado tu lugar. Mi hogar estaba donde quiera que ella estuviese. 

Dejé de inventar abecedarios

La oscuridad me abruma cada vez que intento acabar con la página en blanco. Me gustaría tintar de colores el vacío que me rodea y sé que la única manera que tengo de lograrlo es sacando aquello que me corroe en el interior, pero el monstruo de la oscuridad me sigue acechando. Antes, cuando lloraba, solía dejar entrever el dolor que sentía con cada palabra que era capaz de articular, era como si hubiese confeccionado todo un abecedario tan solo para mí. Ahora, en cambio, el dolor es tan superior a mí que no hay forma de describir con palabras las brumas que mantienen escondido a mi corazón. Por eso, con el tiempo, dejé de inventar abecedarios. Y, sin darme cuenta, poco a poco se me olvidó hasta cómo hablar. Así que lo guardé todo para mí. 

Tocar fondo

Miraba el plato de sopa sin poder ver el fondo, lo cual era bastante curioso teniendo en cuenta que me sentía como si yo misma hubiese llegado hasta el final; había tocado fondo y dudaba que fuese capaz de volver a ponerme en pie. Moví la sopa con la cuchara e inmediatamente sentí el remolino de incertidumbre, miedo y angustia que me llevaban atosigando meses. Estaba sola y la sopa se había quedado fría, parecía que, al igual que yo, con el tiempo el calor de la furia la había abandonado también. Lo que ninguna de las dos sabíamos es que lo que venía a continuación era mucho peor. El frío de la soledad es como un abrazo que te aprieta hasta que te asfixia. Y yo ya estaba empezando a adquirir un tono morado. Moví las letras de la sopa hasta formar una frase de auxilio, pero nadie la vio. Así que al final tocamos fondo las dos. 

domingo, 16 de agosto de 2020

16

Caminaba erguida, con la convicción de que se estaba comiendo el mundo, pero sin darse cuenta de que es el mundo quien la devoraba a ella. Tenía sueños dispares que creía que haría realidad y, sin embargo, vive en una burbuja de dolor que no le permite escapar y cumplirlos. Se encierra en sí misma sin darse cuenta de que no hay nadie allí para verla, ha intentado pasar tanto desapercibida que simplemente ya nadie la ve. Algunos dirían que está muerta y, en cierto sentido, tendrían razón. Ya no es la que era, ya no canta, ni baila al son de la música que suena a todo volumen al salir de la ducha. Ya no llora viendo películas ni suspira leyendo las mejores historias de amor. Ya no escribe lo que siente, porque ya no siente. Decir que tiene un vacío en su interior sería como mentir, allí hay algo, pero no es la nada. En su interior se esconden monstruos de la desolación, de la destrucción, que la engullen sin remordimientos. Hasta que se vuelve la nada de verdad. No está viva, ni muerta. Es y no es. Está en un punto intermedio que nadie jamás logrará comprender, porque nadie nunca se preocupará por entenderlo ni ayudarla. Así que, con el tiempo, simplemente comienza a desaparecer.