sábado, 26 de septiembre de 2020

Elígeme cada día

He vuelto a sonreír. Anoche me fui a dormir con una sonrisa entre los labios y quería gritarle al mundo que por favor no pare. Que esta sensación no se vaya nunca. Que ojalá me hagas sentir así cada día, cada vez que me hablas, cada vez que pienso en ti. Y que no me dejes, no te vayas como han hecho conmigo durante toda mi vida; necesito a alguien que esté aquí cada maldito día. Y que me haga feliz. No quiero perder la sonrisa de boba, las mariposas en el estómago y la bendita sensación de que me estoy enamorando de ti. Así que quédate conmigo y, por favor, sigue escogiéndome a mí. Sé que es difícil, que allí fuera hay todo un mundo de personas, pero si tú te quedas conmigo, te prometo que yo siempre me quedaré junto a ti. 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Dolor

Estoy agotada de pedir ayuda y no ser escuchada. De romperme la garganta a gritos de auxilio que acaban en la nada. Me duele la indiferencia con la que se me trata, a sabiendas de que si mi enfermedad se viese a simple vista no me abandonarían tan pronto. Pero mi dolor no se ve, ni se palpa. Mi dolor me destruye por dentro, como un veneno que actúa lentamente hasta llegar a mi corazón. Me duele el alma, y ni siquiera sabía que podía llegar a dolerme hasta eso. Me duelen las lágrimas silenciosas que recorren mis mejillas cada día, la angustia que se me acumula en el pecho y la soledad tan aplastante. Me duele que me dejen sola, que no me quieran, que no sea lo suficiente. Me duele que me duela todo esto. Que no sea capaz de salir de la cama, que me quiera morir. Que tan solo quiera acabar con todo de una vez, tal vez así esto acabaría de una vez; quizá no habría más dolor, ni sufrimiento. Me duele pensar en esto. Pero hay ocasiones en las que no veo otra solución. Y, sin embargo, lo sigo intentando. Lo hago por los que me quieren, por los que me incitan a seguir caminando. Pero son escasos y, la mayoría, se van. ¿Y a quién le extraña? Siempre dicen que soy la luz que los iluminó a salir de la oscuridad, aquella que estuvo en el peor momento y los ayudó a salir, ¿puedo culparlos por no querer sumergirse en la oscuridad por mí? Yo lo hice por amor, y ellos no lo hacen por la misma razón. Porque yo amo sin límites, sin importar que me hagan daño, dando todo lo que hay en mí. Y a mí me aman cuando les beneficia, pero no dudarían en abandonarme en cuanto les saliese una oportunidad mejor. Ya me ha ocurrido. Y no, no ha sido una vez. Ni siquiera dos, ni tres. Me ha ocurrido muchas veces. Es mi culpa, no soy lo suficiente. Jamás seré lo bastante lista, ni simpática, ni guapa, ni agradable. Jamás seré lo suficiente para que a pesar de todo me elijan a mí y solamente a mí, así como lo hice yo en su momento. Nunca me querrán como quiero yo, porque nadie está dispuesto a luchar hasta el final, a amarme sin reservas, de verdad. Así que esa es la única verdad. Nadie me ha querido, me quiere, ni me querrá. Y algún día, puede que más pronto que tarde, acabaré con todo esto; demasiado ahogada en mis propias lágrimas como para poder respirar. Y es que al final, como dijo Benedetti, solo espero que «ojalá nunca hayas leído nada de lo que te he escrito, porque me destrozaría saber que a pesar de eso no me has buscado».

Princesa en llamas

Suenan las campanas a lo lejos como aviso de que salgan del castillo. Los muros se vienen abajo. La guerra ha comenzado y el fuego arrasa con todo rastro de madera. Solo se escucha el bullicio de pasos apresurados por dejar el lugar atrás, gritos de terror y nombres que salen de bocas desesperadas. Todos huyen lo más lejos que pueden de allí. Y, sin embargo, la princesa se mantiene en silencio, atrapada en la torre. Nadie se ha acordado de darle la llave, y no hay ningún valiente caballero que esté dispuesto a salvarla. Así que allí, en lo más alto del reino, solo habita el silencio en medio del mayor caos. Si alguien hubiese girado la cabeza en su dirección, se habría dado cuenta de que tan solo con aquellas lágrimas que la princesa derramaba habría bastado para apagar las llamas del reino entero. Pero nadie la ve. Para ella no hay finales felices como los que se narran en los cuentos de hadas, no hay príncipes dispuestos a sacrificarse por ella, ni plebeyos enamorados que quieran ayudarla. El castillo se viene abajo y ella también. Acaba sepultada por las rocas que una vez la alzaron, carbonizada por el fuego que tiempo atrás poseía en su mirada y en su corazón. Y, sin embargo, ahora allí ya no queda nadie, ni nada. 

martes, 15 de septiembre de 2020

La luna y yo

Una vez más estamos a solas la luna y yo. 
Ella, tan brillante. 
Yo, tan distante. 
Ella, con su belleza única e imponente. 
Yo, que ni guapa ni diferente. 
Y, sin embargo, lo único que tenemos en común las dos es que ambas estamos completamente rodeadas y, a la vez, solas. 
A ella le dedican poemas y la contemplan con admiración. Un enigma que muchos tratan de resolver y del que están enamorados. 
Yo por mi parte no tengo tanta suerte. A mí nadie me dedica palabras de amor, ni me mira, ni quiere zambullirse en mi vida para descubrir lo que hay en mi interior. 
Ella se mantiene en lo alto. 
Y yo en lo más bajo. 
Ella desaparece por el día. 
Y yo me esfumo hasta en la noche. 
¿Por qué iba a importar de cualquier forma? Si nadie me ve. 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Estoy cansada

Estoy cansada. Ya no me quedan energías para continuar. Siempre es la misma historia, así que ¿para qué seguir intentándolo? Recojo los pedazos destrozados de quien se encuentra en la más absoluta oscuridad, me dedico a amar hasta al más mínimo pedazo, uniéndolos poco a poco, sacándolos de la oscuridad. A cambio, durante todo el proceso me aman y me llaman la luz que los ha sacado de la oscuridad. Pero ya están fuera, no me necesitan, ahora ven y pueden caminar por ellos mismos y, en lugar de amarme y decidir llevarme con ellos, deciden dejarme atrás. Nunca saben darme una explicación de por qué lo hacen, me dicen que soy estupenda, y maravillosa. Y, sin embargo, continúan dejándome sola. Mientras me dedicaba a construir sus pedazos los míos se iban rompiendo, y yo no soy capaz de lograr colocar cada pieza en su lugar. Y nadie viene a ayudarme. Así que sí, estoy cansada. Agotada. Mi luz se apaga, está tan débil que ni siquiera creo que sea capaz de volver a iluminar. Pero a nadie le importa. Tampoco a mí. Estoy tan cansada que ya tan solo me quiero rendir. 

Rota en pedazos imposibles de amar

Hace tiempo que no me encuentro bien. Me despierto y solo pienso en volverme a dormir. Cuando por fin me levanto, no tengo fuerzas ni ganas de hacer absolutamente nada, ni siquiera aquellas cosas que antes me apasionaban. Lo dejo todo a medias, o simplemente al comenzar, porque no tengo ningún tipo de motivación para acabarlo. Lloro cada noche antes de irme a dormir y, durante el día, me dedico a aguantar las lágrimas. No tengo a nadie a quien contarle esto, ni a quien me comprenda, jamás me había sentido tan sola; tan angustiada. Por más que piense no se me ocurren palabras para describir la desolación que siento en mi interior, la tristeza que me embarga y la constante punzada de fracaso, soledad. Hay días en los que pienso que nadie me quiere y que, si me fuese, a nadie le importaría. El resto de días tan solo creo que me quieren, aunque no soy lo suficiente. Y lo entiendo, estoy tan rota que ya solo quedan pedazos imposibles de amar. 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Carta de amor en una despedida

Hoy vuelvo a pensar en ti, como sucede cada día. Las noches son mi mayor momento de debilidad, donde más me apetece volver a dirigirme a ti. Pero no lo hago, excepto porque en realidad sí. Por eso te escribo esto, con la esperanza de que leas aquí todo lo que no puedo decirte. Que te echo de menos, que te quiero, que no quiero estar ni un día más sin ti. Ojalá gritarte que me abraces y no me dejes nunca, porque no quiero volver a separarme de ti. Me gustaría que me contases tu día, reírme con tus tonterías y llorar porque no puedo más con tanto amor hacia ti. Sin embargo, soy consciente de que las cosas no volverán a ser lo mismo, que ya me has dejado atrás y que no sientes lo mismo por mí. Ya no estás enamorado, ¿y quién puede culparte? Yo desde luego que no, después de todo es mi culpa que ya no quieras saber nada de mí. Y, a pesar de todo, es tu culpa que jamás volvamos a ser. Te escribo una vez más mis sentimientos con la esperanza que seas capaz de verlos a sabiendas de que ni siquiera te importo lo suficiente como para molestarte en hacerlo. Así que te digo adiós, porque más me duele el que seas consciente de lo que siento y no vengas a por mí, que amarte en silencio hasta morir. 

Una oportunidad para redimirnos

Me niego a pensar que todo fue una mentira. Que nuestras promesas y caricias solo debían durar un lapso de tiempo concreto, que ya no podían ser. Me niego a creer que nuestro momento ya pasó y ahora tan solo me dedico a vivir de nuestros recuerdos, atascada en un pasado que ya no volverá. ¿Consideras que debe ser así? Que es demasiado tarde para nosotros y las segundas oportunidades no existen, no al menos con nosotros. Me gustaría pensar que no, que algún día se alinearán los astros y volveré a tenerte frente a mí, que tendremos una oportunidad para redimirnos y esta vez lo haremos bien. 

jueves, 3 de septiembre de 2020

El infierno te ha reclamado

¿Así se siente una pérdida? Un día estás normal y, de repente, ya nada es igual. Me arde la garganta de frenar las lágrimas que, al final, corren libres por las mejillas. Tengo un nudo en el pecho que me impide respirar y, cada vez que intento dar una bocanada de aire, siento que me voy a ahogar. Cierro los ojos con fuerza, deseando que todo pase de una vez, pero lo único que logro es avivar tu rostro. Y eso quema. Quema tanto que en el infierno han reclamado tu presencia, pero tú no vas; porque huyes de todo lo que quiere que te quedes. Por eso no vuelves a mí, ahora que me tienes has decidido que no quieres que sea tuya. Me haces pensar que el único motivo por el que en el infierno te reclaman en realidad es porque eres el mismísimo Satán, de otra forma no quemarías hasta extinguirme. 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Mi mundo se oscureció

Estaba tan acostumbrada a los tonos del arcoiris que pintaban mi vida que jamás se me ocurrió que un día pudiesen desvanecerse. Todo comenzó cuando me hiciste daño por primera vez, aquella noche que lloré desconsolada mientras a ti no te importaba. Esa noche mi cielo perdió un poco de color. Fue peor cuando te perdí, aquel día en el que rompiste mi corazón y me trataste con tanta indiferencia, en ese momento mi mundo se oscureció. Y, sin embargo, no tenía ni la más remota idea de lo que pasaría al perderte por completo. Ahora que solo vives en mis recuerdos me han abandonado todos los colores, no se ha quedado ni el gris. Todo es insípido y, tras las tormentas, continúa lloviendo. A veces me pregunto si alguna vez volveré a ver el mundo como antes, pero la parte más sensata de mí sabe que no; que me has arrebatado la belleza de la vida, y ahora solo sé sufrir. 

La luna y la Tierra

Vuelvo a romperme en el silencio de mi habitación. La luna me observa desalmada y sé lo que está pensando; ella también está cansada de orbitar entorno a alguien. Y, sin embargo, es incapaz de dejar de hacerlo. Al igual que me es imposible dejar de pensar en ti. Te cuelas en mi mente en los momentos de desolación absoluta y tan solo tengo ganas de gritarte lo injusto que es que me hayas dejado sola después de prometerme no abandonarme nunca, de jurarme estar aquí siempre. Pero la Tierra es demasiado importante como para girarse a mirar a la luna, ¿verdad? Le promete mil estrellas a sabiendas de que no le dará nada, porque continuará ahí día tras día. Lo que la Tierra no sabe es que la luna se está marchitando, harta de sufrir derrotas y desalientos, de estar sola. Y algún día explotará. Puede que, en ese momento, tú también te des cuenta del error que supone perderme. 

martes, 1 de septiembre de 2020

Se está enamorando de mí

Dice que le vuelvo loco, que le encanta todo de mi cuerpo y que es en los momentos en los que piensa en mí en los que más cercano se siente de mí. Cuando le digo que no soy buena en nada me da mil motivos para derribar mis argumentos, por muchas veces que se lo siga diciendo, él no se da por vencido. Y, en los momentos en los que me hundo, no me deja ni por un segundo; no importa que sean las cuatro de la madrugada y se tenga que levantar pronto para ir al trabajo. Le da igual el mundo si con ello logra salvarme. Me ha contado que hacía años que no se sentía así, que se está enamorando de mí. Y a mí me aterra la idea de tener que enfrentarme al amor.