martes, 12 de marzo de 2019

Mentiras

El dolor abrasa mi garganta sedienta de verdades, cansada de ser apuñalada por tus mentiras. Cada una de tus palabras se vierten en un vaso, gota a gota, que se acaban transformando en clavos cuando decides tomarlo. Ya no me creo nada de ti. Me tendías la mano cuando rogaba por ayuda sin darme cuenta de que quien me estaba matando era mi propio salvador. Cuando lloraba me decías que me apoyase en tu hombro y, mientras tanto, te encargabas de apuñalarme por la espalda. Qué astuto, qué astuto que has sido. Y qué tonta, qué tonta yo por creerme tus mentiras. Tuve que beber mil clavos y arrancarme cien cuchillos para darme cuenta de que el único motivo por el que me dabas la mano era para retorcérmela y que, si alguna vez tratabas si quiera de salvarme de algo, era simplemente porque querías ser el único que me provocase dolor. Y qué ironía, ¿no? Que ahora que ya sé que me has estado engañando, que te estoy alejando, me estás haciendo más daño que cuando estabas a mi lado. Al final, te saliste con la tuya.

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