Blanca como la espuma de mar, que se desvanece en la arena al romper en la costa, y agitada como un barco navegando en la tormenta más hambrienta. Bella como ninguna otra, con el cabello reluciente, suave, sedoso, y aquellos ojos tan hermosos, que ni el mejor poeta hubiese encontrado metáfora para hacerles. Y su cuerpo, para algunos tan esbelto, y para otros tan pequeño, que a mí tan solo me puede parecer perfecto, por aquellas curvas inacabadas, las sombras y aquellas pequeñas arrugas que se le forman al sonreír, como si hubiese vivido lo suficiente para saber que la felicidad no se alcanza hasta que se llega a cierta edad, una que todavía no ha alcanzado y que, sin embargo, está tan cerca de entender. Y aquellas mejillas, que se tiznan con el sol, ese que deja marcas por ellas, dándole el rastro juvenil que no le hace perder su esencia. Bonitas sus manos, que podrían tocar la sinfonía más compleja sin entender si quiera lo más mínimo de piano. Grandes sus sueños, que te hacen viajar aunque tú no quieras, a lugares donde no te imaginabas que podrías llegar. Hermosa ella, que llora cuando se le quiebra el alma y ríe para llenar con felicidad aquel hueco que ha dejado la tristeza.
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