Aquel día el corazón, os juro, que se salió de su lugar; golpeando mi pecho tan fuerte que pensé que se me iba a escapar. Se agitó como un preso inocente que arrestan contra su voluntad, gritando que por qué. Mi corazón le estaba gritando a Dios. Y gritó tan fuerte que se partió en dos; o quizá fue Dios, castigándolo por su insolencia. Todavía hoy me pregunto cómo puede seguir latiendo después de aquello, con esa sinfonía constante y traqueteante, luchando hasta cuando ya no le quedan motivos para seguir hacia delante. Y también le pregunté a Dios que por qué me hizo aquello a mí, como si aquella tragedia no hubiese sido suficiente sufrimiento ahora también tenía que lidiar con un corazón defectuoso. Se rio de mí. Y me dijo algo que todavía sigo repitiendo constantemente en mi mente. Mi dulce niña, me dijo, cuándo comprenderás que defectuoso consideras a todo aquello que se sale de lo normal cuando defectuoso no hay nada en este mundo, solo distintas formas de ver las cosas. Y que yo no doy algo por nada, todo tiene un por qué, aquella pérdida que te rompió el corazón en dos tan solo sirvió para fortalecerte; y mírate, que ahora, en lugar de un corazón, tienes dos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario