Suspiro y el aire gélido que se escapa de entre mis labios se entrelaza con el humo de tu cigarrillo hasta perderse. A veces desearía poder perderme yo también, así, tan rápido, tan sencillo. Tan indoloro. Tiras la colilla al suelo y la pisas, te frotas las manos y las metes en los bolsillos. Me miras. Me miras y sin decir palabra me preguntas que qué me pasa, que por qué esa cara, pero mi vista se dirige a la colilla. A lo que queda de ella. ¿Me ves a mí así también? Algo que usas y con lo que disfrutas pero que, al poco tiempo, tiras y pisas sin mirar atrás. No te molestas en recogerla y tirarla al lugar apropiado, la dejas ahí y esperas a que otra persona la acabe recogiendo o a que, al final, el viento se la acabe llevando. De hecho, ni si quiera te importa eso. No creo que pienses en ella en lo absoluto. ¿Y en mí? ¿Piensas en mí? ¿En cómo me siento cada vez que me dices que lo sientes, que no volverá a ocurrir, pero que acabas haciendo una vez más? Y te miro, esta vez sí que te miro, y te contesto pero, al igual que tú, no lo hago con palabras. Camino lejos de ti, suspirando de nuevo, pero esta vez soy capaz de ver el vaho sin mezclarse con tu humo gris.
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