Romeo lanza piedras a mi ventana sin darse cuenta de que no se puede abrir. Viene cada noche y se sienta bajo ella. Dos metros de distancia no es casi nada, ¿verdad? Y, sin embargo, es lo suficientemente lejos como para que no podamos tocarnos. Cuando se cansa de lanzar piedras toca la guitarra y, a veces, la acompaña con su voz. Canta bonitas nanas que me ayudan a dormir. Otras veces, sin embargo, me lee poemas y yo me pregunto en quién estarán inspirados. Son poemas de una dama perfecta encerrada en una bola de cristal, una dama que quiere rescatar. Romeo, me gustaría decirle, ni existen damas, ni personas perfectas, ni nadie que no pueda salir de un lugar por su propio pie. Y Romeo sigue viniendo, a pesar de que yo nunca salgo. Noche tras noche. Ahora me lee serenatas y me canta historias, me baila poesía y me escribe danzas. Le gusta romper las reglas y, si hay algo que es, es persistente. Romeo viene cada noche, sin excepción, hasta que un día le grito: ¿Por qué insistes tanto, Romeo? ¿No ves que Julieta no vive aquí? Y, entonces, él me dice: ¿Pero por qué iba a estar yo esperando a Julieta? He venido cada día a intentar que te fijes en mí, he llamado tu atención de todas las formas posibles, tratando de romper el muro que rodea a tu corazón, ¿y tú me hablas de Julieta? ¿Quién es acaso ella? Así que lo dejo entrar, porque no era la ventana la que no se podía abrir, era yo, cerrándola con una capa de escarcha, con demasiado miedo de dejarlo entrar y que pudiese romper mi corazón.
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