Y en el desaliento de la noche comprendí que no todo lo que reluce tiene valor, ni todo lo mate es invaloro. Que a veces aquello que más pensamos que importa, en realidad es solo una mota de polvo. Y entonces comprendí que deseamos a las estrellas fugaces porque, como nuestros sueños, ya están muertas. Porque ponemos nuestras esperanzas en imposibles, a sabiendas de que es lo último que nos queda. Porque preferimos desear algo con todas nuestras fuerzas y esperar que un astro lo cumpla, a ponernos en manos a ello, para realizarlo. Y es que en el vacío de una noche estrellada, de repente uno se siente completo, y cuando ve algo cruzar con velocidad, se lo toma como una conspiración del universo, como si el hombre fuese acaso tan importante. Como si las estrellas no tuviesen otra cosa más importante que pensar durante su muerte que conceder un último deseo a alguien, y es que, en cualquier caso, para cuando llega a nuestros ojos ya no hay nada que hacer. Aquel polvo mágico a una velocidad incalculable ya había desaparecido, y con ello, se había llevado todos nuestros sueños.
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