Nos enseñaron que la belleza está determinada por un patrón, chicas delgadas, chicos musculosos, altura para ellos y tacones para ellas, que no falte el maquillaje y las cejas perfiladas, junto con la depilación. Y entonces crecí, y me di cuenta de que encontraba la belleza en aquellos lugares en los que me dijeron que no se encontraba: en una persona con gafas, en unas pecas y unos hoyuelos, en una sudadera demasiado ancha y en unos kilos que están donde me dijeron que no debían estar. Y entonces me fijé en aquel chico bajito, en aquella chica demasiado delgada. En alguien que no estaba formada por curvas pero que, a mi parecer, era hermosa. Me fijé en una persona envuelta en misterio, silenciosa, tímida y que, mientras otros se lucían, prefirió quedarse atrás por su inseguridad, porque a todos nos enseñaron que su cuerpo y su rostro, no eran los indicados. Crecí y aprendí que no había hallado la belleza en el lugar equivocado, sino que, todas esas veces que trataron de señalarme lo que era bello, se olvidaron de decirme que bello es todo aquello que a nuestros ojos parece arte y que, para eso, no hay nada establecido.
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