Tengo el alma desolada. Ni si quiera yo soy capaz de saber qué le pasa. Arrastra cadenas allá por donde va, haciendo que me pesen los pies al caminar. Apenas soy capaz de mantenerme. De sostenerme. Pero no me puedo dejar caer, no puedo desfallecer. No, ahora no. No importa que duela, que sea duro y lo enormes y pesadas que sean las cadenas. No importa que mi alma vague en pena por cada rincón de este mundo, dejando tras de sí un río de lágrimas que el resto interpretará por lluvia. Nada de eso importa, porque la lluvia pasará y cuando salga el sol, ¿quién se acordará? Por eso debo de ser un huracán. Uno de esos tan grandes y dolorosos que dejan marca. De los que se les pone nombre de persona, porque al fin y al cabo los humanos somos los peores monstruos. Pero también pasará y el mundo olvidará, porque siempre habrá un huracán mayor, un atentado aún peor. Por eso no debo de conformarme. Porque en mi juego, gano yo. Así que sí, estoy destrozada, perdida, sola y humillada, pero ¿y qué? Eso no quiere decir que vaya a estarlo siempre. Debo de buscar mi propio camino y cavar un destino. Un destino en el que se encuentren todas las cosas por las que luché, por las que sigo luchando y por las que siempre lo haré. Porque al fin y al cabo lo sueños son solo sueños hasta que dejan de serlos. La diferencia radica en que se haya trabajado en ellos.
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