Es sencillo, aunque pensaba que lo había olvidado jamás se pudo zafar de tal sentimiento. Estaba allí, en todos los rincones de su mente, calándole hasta los huesos a través de su fina piel. No lo había superado y, sin saber por qué, sabía que jamás lo haría. No podría, porque era incapaz de olvidar su olor, su aroma, su esencia. A él, en general. Porque cada vez que lo veía, qué digo ver, cada vez que lo pensaba, su corazón latía desbocado como el que acaba de terminar una maratón. Y eso sin hablar de cuando la tocaba. Ahí es cuando sus manos hacían magia. Y eso es algo que jamás superaría.
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