Esa sensación de que haces todo mal, que cualquier palabra que digas te ahoga e incluso el más mínimo gesto tuyo es molesto. Esa sensación de que a los ojos de los demás eres alguien poco destacable, de que las noches se te hacen eternas y cuando es de día tan solo quieres que acabe. Esa sensación de llegar a casa y no sentirte a salvo, porque ningún lugar se siente como un hogar para ti. Esa sensación de no tener a nadie con quien expresarte, nadie que te escuche ni te hable. No tener a alguien que se preocupe por ti, no lo suficiente. Esa sensación de ahogarte en lágrimas, y que todos te miren mientras mueres. Porque nadie quiere salvarte. Nadie quiere salvar a la persona que no sabe cuándo se tiene que callar ni cuándo su opinión comienza a sobrar, nadie quiere saber sobre la persona que siempre calla y escucha, porque todos queremos ser escuchados, pero pocos son realmente los que lo hacen, y, a esos pocos les toca callar, porque los que hablan no quieren parar, no quieren parar porque su vida es mucho más importante que lo que tengas que decir. Así que un día te cansas y dejas de escuchar, y dejas de hablar. Dejas de dar tu opinión y de decir siempre la verdad. Un día te quiebras, y no hay nadie que te quiera reparar, después de todo, ¿quién iba a darse cuenta si quiera de que ya no estás?
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