Navegué en tu mirada pensando que embarcaría en una gran travesía, pero tu sonrisa hizo que perdiese el puerto y navegase por aguas que desembocaban en tus mejillas. Cada lunar, un cabo por atar, partiendo por el oleaje de tu cabello y descendiendo por la pendiente de tu cuello. Tormentas, en forma de lágrimas, tambalearon mi barco impidiendo que llegase a puerto. Maltrecho y lleno de estrías, con la vela rota y la esperanza perdida, navegé, hasta que encontré el faro que me guió a tu corazón. Allí, eché el ancla y de aquel puerto jamás partí.
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