lunes, 22 de febrero de 2021
Olvidé hasta lo imposible de olvidar
Olvidé los pasos que me han traído hasta donde estoy, últimamente me cuesta recordar incluso mi propio nombre. Me he encerrado en una caja que me asfixia y borra todo lo que se encuentra a mi alrededor; los rostros se difuminan y me envuelven en la angustia que los rodea. Es lo único que me hace sentir, que me mantiene atada a la realidad, el dolor que ni yo soy capaz de provocarme a mí misma. Pero no veo, no miro, no observo; solo palpo retazos de sentimientos y personas rotas, de sueños destrozados y pensamientos compulsivos. Y me pregunto si algún día yo volveré a ser como ellos, si tendré la fortaleza para al menos tratar de luchar. Me duele entender que, en realidad, ya no hay mucho más que hacer por mí.
domingo, 21 de febrero de 2021
Me elijo yo
La próxima vez que lo vea será diferente, no me echaré atrás. Le diré que ya no lo quiero, aunque no sea verdad. Que no lo necesito, a pesar de que mis días son un poco más grises cuando él no está. Le diré que ya no quiero que sigamos hablando, que su cercanía me agobia y, de todas, esa será la más vil de las mentiras, pues no hay lugar en el que me apetezca estar más que recorriendo cada recoveco de su cuerpo; que si de geografía se tratase podría señalar dónde está cada peca y cada lunar. Pero no, ya no habrán más sonrisas pícaras y conversaciones a las tantas de la madrugada, no me susurrarás al oído lo que te gusta tenerme a tu lado, ni me imaginaré otro día más la vida contigo; ahora tengo que hacerlo sin ti. Y, si te digo la verdad, no sé qué me molesta más, si perder lo que teníamos o lo que podríamos haber llegado a ser, porque te juro que te habría amado si me hubieses elegido de verdad. Hoy te tengo que decir adiós, porque esta vez quien me elige soy yo.
Huye como Cenicienta
Después de medianoche, todo cambió. Lo supe de inmediato por tu mirada, tan culpable como Cenicienta marchándose del baile al dar las doce y no aparecer más; pero tú no dejaste ningún zapato de cristal. A menudo busco pistas para entender qué es lo que ocurrió, ¿volví a cometer un error? ¿Soy tan poco digna de amar? ¿O es que siempre fui un juego para ti? Y me asusta, me asusta muchísimo pensar que, en realidad, el problema soy yo. Te busco en los lugares más inesperados y, a veces, te encuentro observándome desde mi imaginación. Me aterra cuando tus ojos se posan en mí, porque siento que estás ahí de verdad, juzgándome por un crimen que no recuerdo haber cometido jamás. ¿Pero y si no es verdad? Tu mirada, tan crítica, me juzga por haberte encerrado conmigo para siempre, ¿acaso puedes culparme? Si te hubiese dejado libre, te habrías marchado; como todos los demás. Ahora te escondes como ellos, aunque nunca llegarás demasiado lejos, después de todo, esta sigue siendo mi mente.
Espejo
No recuerdo haberme defendido y, a pesar de ello, mis manos estaban llenas de sangre. Supongo que en algún momento me harté, que me cansé de callar todas esas palabras que tanto tiempo había reservado para mí porque no quería hacer daño, no quería ser como tú. Y, sin embargo, allí estaba yo; la respiración agitada, las manos temblando, de rodillas y llorando. Pero no, no fue por ti. Te juro que, esta vez, no. Fue por mí, por aguantar demasiado, por siempre escuchar que me veo mal, que no valgo nada, y dejar que me pisen una y otra y otra vez. El vacío me hizo entender que así no iba a acabar bien, que en algún momento iba a explotar. Y lo hice, pues claro que sí, ¿cómo no iba a hacerlo? El resultado estaba ante mí, un espejo roto en mil pedazos que no me iba a decir ni una vez más lo que estaba bien, ni lo que estaba mal.
Susurros del viento
El viento le habló en susurros que mecían las hojas más cercanas a ella. La envolvían en una espiral de tonos marrones y anaranjados que tanto han caracterizado siempre al otoño de Madrid. Se sentó a la espera de algo que sabía que no ocurriría, porque los príncipes azules no aparecen de la nada. A menudo se imaginaba que, allí, junto a ella, se sentaba aquel chico al que siempre observaba desde la distancia, demasiado temerosa como para empezar la conversación. Él ni siquiera la miraba, ni una sola vez. Había tratado de llamar su atención indefinidas veces, pero era como si no existiese. Sin embargo, aquel día fue diferente; el viento la abrazó y, cuando se confió, la empujó a manos de aquel chico que por primera vez la vio. Entonces pensó que quizá, y solo quizá, la magia existiese.
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