Todo está bien y de la nada te enfadas.
Y a mí solo me dan ganas de llorar.
Luego me dices que me quieres.
Yo ya no sé si será verdad.
O si así debe de ser el amor.
A veces creo que no, otras te quiero tanto que se me olvida el dolor. En ocasiones la culpable soy yo, me enfado, tampoco sé por qué, y lo pagas tú porque no hay nadie más con quien pueda descargar mi ira. Y supongo que no somos nosotros, que no tenemos la culpa de querernos a enfados, que es esta maldita vida que poco a poco acaba con los dos. La que provoca que llore en mitad de un centro comercial y me tengas que abrazar mientras siento que el mundo se desmorona a nuestro alrededor y que lo único que me mantiene en pie son tus brazos. A veces esas mismas lágrimas son tuyas y, otras, simplemente nuestras. Lo único que sé es que después de cada enfado, de cada lágrima y de cada gota de dolor, volvería a verte bajar aquellas escaleras por primera vez y te escogería mil veces más.
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