Vagaba por las sombras, perdida, sin esperanza. Ningún camino tenía sentido para mí, pues tomase el que tomase, todos llevaban al mismo lugar. Así que me cansé, me senté en una roca y esperé. Esperé por meses, tal vez años. O un simple segundo. El tiempo, allí, transcurría igual. Entonces una pequeña luz iluminó un camino, uno que nunca había visto. O tal vez sí, pero tenía demasiado miedo como para cruzar por él. Pero me armé de valor y decidí cruzarlo. Al principio los zarzales me arañaban el rostro, y las raíces de los tenebrosos árboles no hacían más que provocarme traspié más traspié. Destrozada continué hacia delante, porque una vez que se avanza, no se debe volver atrás. Así que seguí el sonido del agua, que me guió hasta un río. De allí en adelante, ya satisfecha de agua y con las heridas limpiadas, seguí el curso del río hasta llegar a un lejano pueblo. Al principio creía que estaba desierto, más tarde quedé asustada por si mi presencia les perturbaba, e ingenua de mí nada de eso sucedió. Aquellas personas me acogieron, me sirvieron comida, ofrecieron una ducha y una de sus casas. Aquellas personas me curaron, me salvaron. Y, para llegar hasta allí, lo único que tuve que hacer fue continuar hacia delante.
viernes, 16 de diciembre de 2016
Seguir hacia delante
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