domingo, 15 de diciembre de 2019

Rota

Rota
como
la
noche
que
te
conocí.
Pensé que volverías a por mí.
Supongo que no.
Que me equivoqué.
Otra vez.
Me
dices
adiós
con
la 
mano
y
te
da
igual
que
yo
me
esté 
quebrando.
Te suplico que no.
Que por favor no.
Pero es demasiado tarde.
Ya
no
estás
aquí.

He vuelto a caer

He vuelto a caer, ya sé lo que estás pensando, de verdad que lo sé. ¿Otra vez? Pues sí, otra vez. Otra vez siento esa presión en el pecho que me angustia hasta el punto de sentir que no puedo respirar mientras lágrimas rotas caen por mi rostro. Rotas porque ya no queda nada indemne en mí, y lo que no está destrozado en mil pedazos es porque ya simplemente no está. Solo queda vacío. ¿Crees que en algún momento ya no quedará nada de mí? Sí, yo también. Yo también creo que estoy desapareciendo y que todo rastro de humanidad se está esfumando; ahora solo soy un cuerpo sin vida que sufre entre convulsiones y sacudidas, que se rompe un poco más con cada caída y del que con suerte algún día ya no quedará nada más. 

domingo, 8 de diciembre de 2019

¿En qué momento me equivoqué?

¿En qué momento me equivoqué? ¿Fue cuando te acepté en mi vida? ¿O cuando te perdoné? Quizá, no sé, fue a la tercera decepción, o al quinto llanto. Puede que fuese al no tenerte en cuenta cada comentario que me hacía sangrar por dentro, o cada vez que sonreía cuando lo que me provocabas eran ganas de llorar. Quién sabe, igual fue por aquella vez que me dejaste tirada, o por aquel hachazo a mi corazón. Tal vez fueron tus mentiras o tus palabras envenenadas. Igual me equivoqué cada bendita vez que aposté por ti y por tu rostro de mentira, por tu lengua bífida y tus lágrimas de cocodrilo. Quizá me equivoqué al hablarte por primera vez, o por el simple hecho de conocerte.

No lo soy

Me dices que no sin palabras, me lo dices con esa mirada cargada de odio que he visto durante años y que jamás pensé que algún día iba a ser yo la que la iba a recibir. Me dices que no y solo veo la decepción que encierra el odio, esa tristeza cohibida de quien ha perdido a alguien que pensó que era y que simplemente no es. Supongo que esa soy yo, ese punto intermedio de fantasía y realidad que acaba siendo aquello que todos te dijeron y que tú nunca quisiste escuchar. Ahora lo ves, y sé que te gustaría volver atrás, ¿y a quién no? A mí también me gustaría ser diferente y callar bocas al demostrar que el error no soy yo, sino que las palabras de todos aquellos que dijeron que lo era. Pero no lo soy. Así que me destrozas con un adiós silencioso y te veo marchar. Y no, no te pido que vuelvas, no. Porque ni tú volverías, ni yo sería capaz de soportar la mirada de la verdad

Retazos de imposibles

Retazos de imposibles vuelven a golpearme en esta historia que tiene principio pero a la cual no logro encontrarle final. Cada vez que paso una página se añaden diez; diez páginas de derrota, de recordatorios de sueños jamás cumplidos y de expectativas demasiado altas para alguien como yo. Me dije que sería realista, que dejaría de pensar que yo no necesito la ayuda de nadie y que los sueños pueden lograrse a base de esfuerzo; y ojalá las palabras bonitas fuesen verdad. Ojalá no me despertase en mitad de la madrugada consumida por el dolor, en medio de otra pesadilla que se repite sin fin, recordándome errores del pasado y fracasos futuros. Mi mente me tortura con pensamientos negativos de «yo no puedo» y, una vez más, doy un paso hacia atrás. Me impulso con fuerza para tratar de saltar la barrera que me detiene y tan solo acabo dañándome a mí misma. Y me canso. Me canso de luchar, de soñar, de intentar.