Me fui, y me dijiste adiós. Me fui, y no cogiste mi mano. No me suplicaste que me quedara. Ni si quiera soltaste una lágrima mientras yo las derramaba. Me fui, y decidiste dejarme marchar. Sin luchar. Me fui, porque no te importaba, porque con cada silencio lo demostrabas. Me fui, porque era la mejor opción para mí, y la que menos te importaba a ti. Me fui, y me partiste el corazón a pesar de que era yo la que se marchaba. Me fui, y me dije que tenía que ser fuerte. Que no podía volver. Pero giré la cabeza, y ya ni si quiera estabas ahí. No te importaba lo suficiente como para verme marchar, al fin y al cabo, soy yo la que me fui. Y es mejor así.
jueves, 20 de julio de 2017
lunes, 17 de julio de 2017
Recoger lo que se siembra
¿Para qué sirve el esfuerzo, si luego no se ve recompensado? ¿Para qué tanto sudor, si todo acabará en lágrimas? ¿Para qué? ¿Para qué? Aprendí del refrán que recoges lo que siembras, pero aprendí de la vida que, a veces, lo que siembras se es llevado por una plaga, que las cosas se pudren y a veces no llueve, ni sale el sol. Que lo que siembras, no siempre lo recoges. Que a veces te lo llevas todo, y otras te quedas sin nada. Aprendí también que tras una larga sequía, llega la lluvia, y con esta, el arcoiris. Que hay que ser fuerte, recoger lo poco que queda de la cosecha, y lidiar con ello. En ocasiones serán toneladas, y en otras unos cuantos kilos, es por eso que siempre hay que guardar un poco de otras cosechas, para seguir adelante. Siempre hay que seguir adelante. Aprendí a recoger la cosecha y, por poco que fuera, tratar de verle el lado bueno. Aprendí a ver el lado bueno de aquello que ni si quiera lo tenía, y a ser fuerte incluso cuando no lo requería, a no depender de nadie y saber cuándo es el momento oportuno de recoger la cosecha. Aprendí a cultivar aquello que otros no querían, porque hay que valorar las cosas. Aprendí también, que cuando mi cosecha creció, aquello que nadie quería se volvió en lo que todos deseaban. Es por eso, que la mía, siempre será la mejor cosecha.